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Cuando lees Rototom Sunsplash en las melenas del león ya nunca lo vuelves a mirar igual

El festival reggae cumple 25 años enfrentándose a la distopía imperante con lemas de paz y convivencia. Parece la banda sonora del candor pero, cuando lo descifras, ruge y te atrapa. Como sus ritmos. Nomepierdoniuna se sumó a la celebración en la playa. Con sus contrastes y contradicciones, pero contribuyendo a salvar vidas en el Mediterráneo.
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“Rototom Sunsplash” perfilado en las barbas del león, icono del festival. Foto: Adrián Morote (hoyoyo.es).

Los juzgamundos de la red suelen afearle sus contradicciones, sus incoherencias, que van de tal palo pero después mira. Visto con perspectiva, eso es lo que hace más humano al Rototom Sunsplash: compartir con el público y los artistas que le dan vida sus sueños y aspiraciones más honorables, pero también sus mundanas incongruencias. Y precisamente ese contraste, natural e insondable, es el que caracteriza al festival reggae más importante de Europa, que desde 2010 acampa en Benicàssim, y el que ha vuelto a marcar su 25º edición este agosto. Quien no se moja nunca corre ese peligro. Y, mientras, pasan cosas absolutamente tangibles: los miles de euros de cada vaso reutilizable que los asistentes han depositado en los contenedores de Proactiva Open Arms en el recinto del festival irán destinados a salvar vidas humanas en el Mediterráneo.

Músicas negras en directo, Jamaica en el Mediterráneo, diversión en familia, compromiso social, convivencia intercultural, respeto al medio ambiente, fumeteo, noches eternas, bailes africanos en la playa y un negocio sostenible; sin patrocinadores y con las instituciones metiendo pasta pero sin acondicionar el recinto y los accesos como toca 20 años después de que el FIB se instalara allí (y sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza). En pleno 2018 parece todo muy improbable sobre el papel. Pero el caso es que rueda. Funciona (desde que lo descubrimos). Cuando lo vives y te impregnas sin prejuicios, lo descifras y todo cuadra. Como cuando descubres por primera vez las palabras “Rototom Sunsplash” en las melenas del león del logo del festival y después ya no puedes volver a mirarlo sin leerlas. El diseñador que lo creó en 2006, el japonés residente en Brasil Claudinei Yamacita, circulaba por el festival por primera vez en años con cara de “¿pero cómo es posible?”, viendo su icono tatuado en decenas de pechos, brazos, piernas y espaldas. Todo muy improbable, pero absolutamente real; como esa tinta inyectada en la piel.

Como cuentan en su estupenda crónica del 25º Rototom Asun y Andrea, el Rototom se muestra cada vez más abierto musicalmente, desde el reggae y el ska clásicos al rap y la electrónica pasando por los sonidos latinos y el jazz, con la tensión y vitalidad que generan sus contrastes. Mientras unos quedan hechizados por los desarrollos de guitarra de Ben Harper otros bostezan esperando el final de cada canción; cuando el público masivo vibra con Orishas o David Rodigan y The Outlook Orchestra, otros están en las tumbonas con la blanquina; mientras unos le dan al coco en las charlas del Foro Social, African Village o la Reggae University, otros hacen equilibrismos en el slackline. Hay algunos, incluso, que no paran de rajar del festival mientras lo disfrutan de gorra toda la semana. Todo cabe y todo fluye. Y, mientras, la Dub Academy bombeando el corazón y erizando la piel desde sus totémicas torres de altavoces.

Muros dub (Rototom’17). Foto: Javi Bellido (hoyoyo.es).

Un Rototom de grandes momentos de bailoteo multitudinario, sin prisas y con holgura, pero también de pequeños y simbólicos milagros, que a veces pasan casi desapercibidos, pero que en realidad son la esencia del festival. Como la historia de Sergey Karandashev, un joven de 25 años de San Petersburgo que falleció antes de poder asistir al festival de sus amores junto a su amigo Vladimir, quien finalmente vino a Benicàssim y terminó protagonizando un tributo espontáneo en uno de los murales de la Social Art Gallery. O la de la marca de ropa y complementos de los manteros, Top Manta, abriéndose paso desde el Foro Social. O el concierto de Skatalites para los presos de la cárcel de Albocàsser… o como aquella mirada llena de luz en primera fila.

The Skatalites en la cárcel de Albocàsser de la mano del Rototom. Foto: Luca d’Agostino (© Rototom Sunsplash 2018).

El juego de contrastes no deja de alterar la percepción y el balance del festival. Mientras en el concurso de esculturas de arena que organizó el Solé en la playa del Gurugú de Castellón terminó con el ganador repartiendo los 1.000 € de premio entre los participantes tras una dura jornada currando bajo el sol, en la playa de Heliópolis hay un tipo que dormita bajo un eucalipto desde primeros de julio pasando la gorra con la bandera del festival en ristre sin terminar de darle forma a la cosa. Intrahistorias y contrastes, también, entre el equipo de personas que monta el festival cada año, con sus manos, con su tiempo y su ingenio; esas que este año volvieron a subir al escenario principal antes del concierto final del último día para dar las gracias por la fidelidad del público.

Por todo eso fue un privilegio celebrar la fiesta de verano del 10º aniversario de Nomepierdoniuna con ese festival que no parece un festival el sábado pasado. El Solé bailó, bajo la luna llena reflejada en el mar, los ritmos surgidos de los platos de algunos de esos trabajadores del Rototom; como Marco Bonifax, cuyo trabajo callado al frente del festival como mano derecha del director hace que todo parezca fácil, y su exquisito gusto para pinchar. Y con el castellonense Fakir, acompañado del rapero Hummer Lema y el sound system Youthical, un músico con duende, que pelea por dedicarse mientras comparte su magia sobre ruedas. Nomepierdoniuna se para ahora unos días y las personas que la hacemos descansamos, pero el #10nmpnu volverá con fuerza en septiembre y prepara sorpresas muy especiales para seguir celebrando 10 años de música y cultura a partir de otoño. Con todas nuestras imperfecciones. Y caminando contigo.

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