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Un garbeo por el Rototom Sunsplash: el rollito funciona

Sábado, 21 de agosto. Primera jornada del festival reggae más importante de Europa en su estreno en Benicàssim, donde se ha tenido que exiliar desde Osoppo, Italia, por el acoso a que fue sometido por la Liga Norte, que gobierna en la región. Ha caído ya el sol. Después de aparcar, acreditarnos y conseguir el programa de mano gratuito en un periquete, accedemos al recinto sin colas. Lo primero que llama la atención es que no hay publicidad por ningún lado. El XVII Rototom Sunsplash European Reggae Festival lo organiza la asociación cultural sin ánimo de lucro Exodus...
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Anthony B en el escenario principal del Rototom. Foto: ACF

Anthony B en el escenario principal del Rototom. Foto: ACF

Sábado, 21 de agosto. Primera jornada del festival reggae más importante de Europa en su estreno en Benicàssim, donde se ha tenido que exiliar desde Osoppo, Italia, por el acoso a que fue sometido por Berlusconi y la Liga Norte, que gobierna en la región. Cae el sol. Después de aparcar, acreditarnos y conseguir el programa de mano gratuito en un periquete, accedemos al recinto sin colas. Lo primero que llama la atención es que no hay publicidad por ningún lado. El XVII Rototom Sunsplash European Reggae Festival lo organiza la asociación cultural sin ánimo de lucro Exodus, creada en noviembre en Benicàssim por los promotores de la cita, el colectivo Rototom; aseguran que se autofinancian con las entradas y el alquiler de las casetas y después donan los beneficios a proyectos de desarrollo. Cruzamos por el gigantesco logo del FIB pintado en el suelo, la cara de niño con gafotas y casco espacial, testigo del festival que durante dieciséis ediciones ha hecho posible disponer de un recinto de conciertos espacioso (130.000 m2) y bien acondicionado, junto a las montañas, arbolado y con zonas verdes.

A izquierda y derecha, los primeros lemas pacifistas, africanistas y en pro de la interculturalidad. Citas de Bob Marley, John Lennon o Nelson Mandela, que salpican todos los rincones del recinto. Unas, previsibles y candorosas; otras, verdades como puños, indelebles; todas con una estética naíf de mural de colegio. Mucho mejor la señalética y cartelería de la entrada, los escenarios, los servicios y las casetas; unas y otras pintadas artesanalmente por el colectivo Tuttle. Predominan la madera, el león -uno de los principales iconos de la cultura rastafari de procedencia etíope, que simboliza a África y la lucha contra la opresión e injusticia que han padecido históricamente los africanos- y los colores de la bandera panafricana: rojo, amarillo y verde. Más bien lo impregnan todo. Poca luz eléctrica, la justa, y sin pantallas gigantes; solamente una en el Lion Stage, para informar de la potencia de watios y de la energía que generan los paneles fotovoltaicos que lo alimentan de forma exclusiva. Empieza la retahíla interminable de puestos de venta a ambos lados de un camino serpenteante que te conduce hasta los escenarios. Mandan la ropa, la marroquinería, la bisutería y los complementos, artesanías de procedencias muy distintas, inusuales aquí. También discos y libros, bastantes libros sí, algo desconocido en la mayoría de festivales. Y un montón de artilugios para fumar, tabaco de liar y lo que no es tabaco. Efectivamente, en el Rototom se ve fumar mucha marihuana. ¿Y? Se impone el acento italiano. Los transalpinos y mucho público internacional (de más de 40 países) llegan ya convencidos porque conocen el festival desde hace diecisiete ediciones. Acento italiano, muchas personas negras y muchas rastas.

En un recoveco vemos cabañas indias y jaimas. Nos acercamos y nos encontramos con un pequeño grupo de personas tumbadas en el suelo envueltas de música acuosa. Es la zona de meditación y yoga denominada Vivir la Energía. Justo al lado está el espacio Juego Mágico, donde durante el día (de 9.00 a 12.00 y de 16.00 a 20.00) se ofrecen espectáculos, desfiles, talleres y cursos de sensibilización ecológica para niños. Los menores de 12 años entran gratis al festival. Ahora ya está cerrado.

Fotos: ACF.

Fotos: ACF.

Seguimos pateando por primera vez el Rototom y nos encontramos con una caseta de comida y bebida ecológicas. Me pido una birra. Está fuerte y turbia, pero sabrosa. Me recuerda a la cerveza Montmirà de l'Alcora y se me ocurre que podrían haber montado puesto en el festival. Me llama la atención que en la caseta hay trabajando cerca de diez personas y que no son veinteañeros de por aquí en busca de unas pelillas para el veraneo, sino que es gente de diferentes edades, absolutamente involucrada y conocedora de los productos que venden. Sirven sin prisas y con amabilidad. No hay taquillas de tiquets generales ni moneda común. Cada puesto se apaña con su caja. Todo a precios razonables, lejos de las clavadas habituales de la mayoría de festivales.

Al hacer la curva del camino para dirigirnos a los escenarios de conciertos nos encontramos la Carpa Cultural y el Internet Point, con una hilera de ordenadores y pupitres casi de anticuario. Está prácticamente desierta, pero nos acercamos por curiosidad porque vemos que hay tres personas hablando, sentadas sobre unas sillas muy chulas de cartón reciclado y bajo un mural pintado a mano que transforma el cartel de la película Novecento en una marcha rastafari con el lema de "paz, amor y unidad". Son Fernando Pardo (presidente de Cultura sin Fronteras) y Vicent Martínez Guzmán (catedrático de Filosofía y fundador del Master Internacional de Estudios para la Paz de la Universitat Jaume I), quienes participan en la mesa redonda "Cultura de paz y desarrollo humano sostenible en diálogo entre civilizaciones, culturas y pueblos". En el programa estaba anunciada a las 20.00, pero son cerca de las 22.00. Ellos mismos comentan que acaban de empezar con mucho retraso, después de la intervención en ese mismo espacio de la ministra de Cultura de Jamaica, Olivia Grange. Hay menos de veinte personas escuchando entre un ejército implacable de sillas de plástico blanco vacías. Vicent Martínez Guzmán fue profesor nuestro de filosofía en un par de asignaturas de Humanidades, esa carrera que imparte la UJI y a la que todavía andamos buscándole salida. Decidimos sentarnos para ver cómo ha evolucionado su discurso desde entonces. Y en solo media hora nos vuelve a convencer.

Vicent Martínez Guzmán, el primero por la derecha.

Vicent Martínez Guzmán, a la derecha.

Vicent Martínez habla claro y alto. No se pone metafísico, se le entiende todo, y empieza por tachar de idealistas -el apelativo con el que se suele descalificar a los pacifistas- a los que defienden el actual status quo: "ser pacifista es lo auténticamente realista", proclama. Expone de forma amena y didáctica la evolución histórica del concepto de paz, desde el tradicional como mera ausencia de violencia (paz negativa) hasta el actual, de construcción colectiva de la paz en positivo, partiendo de los derechos humanos y la justicia social, pero superando el imperialismo y el etnocentrismo que todavía marca las relaciones internacionales. El profesor de la UJI, ya jubilado, tiene un discurso potente, solvente, muy elaborado, que combina un sólido anclaje filosófico con ejemplos y referencias cercanas y de actualidad. Sabe llevar el compromiso por la paz hasta la cotidianeidad de las relaciones personales, habla de cariño y de afecto sin ambages, pero también se refiere con argumentos críticos y persuasivos a la guerra de Irak y al conflicto palestino-israelí sin caer en los tópicos de siempre. Al terminar la mesa redonda, el propietario de un hotel de Benicàssim nos confiesa que la charla de Vicent Martínez le ha tocado la fibra. Su discurso es el componente de reflexión perfecto para romper el hielo, para introducirnos mejor en el rollo que lleva el festival, mucho más que algunos de los eslogans de camiseta que decoran el recinto. Ya estamos preparados para disfrutar del Rototom.

Llegamos al Lion Stage, pero también lo encontramos con muy poco público. Están tocando los españoles Mandievus y Los Naturals y la gente pasa por delante del escenario casi sin prestarles atención. A la derecha del escenario, paneles fotovoltaicos y una pantalla que informa sobre el consumo y su rendimiento. La organización lo anuncia como el primero que se alimenta exclusivamente de energía solar en un festival español. El sonido es correcto, las luces más bien escasas, pero funciona. Un hallazgo para tomar nota, sin duda. Pronto nos damos cuenta de que el recinto tiene muchos escenarios, clubs y dj's en algunos puestos: contamos cerca de quince en total. En bastantes puntos la mezcla de sonidos es evidente. La distribución y la diversidad de reclamos musicales por todos los rincones del recinto hace que el público esté muy repartido, que no haya aglomeraciones en ningún sitio, salvo el escenario principal, pero sin estar masificado.

Todo lo cual hace que se pueda circular sin agobios, sin prisas. Se ven bastantes carritos de bebé y niños circulando sin que resulte chocante. El sonido de los escenarios es alto, pero no atronador. La piscina, que durante el FIB está reservada a los artistas y al público VIP -en el Rototom no hay zona VIP-, se encuentra dentro del recinto, cercada y transformada en una fuente. La zona verde que la rodea está abierta al público; hay un montón de gente tumbada escuchando la actuación del escenario principal. Está actuando Glen Washington. Ni fu ni fa. Nuestra incultura inciclopédica sobre la música reggae, que se sale bastante poco de Bob Marley -omnipresente en todo el recinto- y la vertiente ska, hace que con sus canciones nos pase como con los chinos: nos parecen todas iguales. Nos vamos a cenar.

Vamos a la caseta donde trabaja un amigo, la única que tiene un altillo, al final del escenario principal. No tiene comida, pero al subir y mirar hacia atrás nos damos cuenta de que hay una zona del recinto que nos habíamos perdido, donde está la Zion Town, el Dub Station, la Xpressing Village y el Ska Club. Allá que vamos. Nos encontramos con una de las retaguardias y espacios oscuros del FIB convertida en una colorida y animada plaza con zona verde en el medio. Vemos una pizzería con hornos morunos. No hay carta ni precios. Dentro, un montón de gente circulando y sirviendo pizzas vegetarianas sin parar. Una chica nos dice con acento italiano que escojamos la que más nos guste. Cinco euros. Está buenísima. Donde compramos la bebida un tío pregunta por los horarios del recinto y de los puestos y le responden que está abierto todo el día, las 24 horas. De hecho, tienen un cartel que anuncia desayunos muy económicos. Desde el Ska Club suena un vinilo de refrescante rocksteady sesentero que crepita. Son los castellonenses Jamaican Memories.

Foto: ACF.

Foto: ACF.

Mientras buscamos algo dulce para el postre en el African Village, un tío nos llama para invitarnos amablemente a que probemos la comida de su puesto, de Guinea-Bissau, que está muy rica. Ya hemos cenado, pero la verdad es que tiene buena pinta. Para el próximo día. Finalmente damos con una crepería. Pagamos con una piedra que hemos canjeado por dinero. Literal. Ahora sí que sí: nos vamos a ver qué se cuece de verdad en el Main Stage, presidido por un enorme león de madera. De camino nos cruzamos con varias personas circulando en bici (las alquilan) y nos percatamos de que a penas hay vasos de plástico ni basura por el suelo; hay contenedores de reciclaje por todas partes. Tampoco vemos a gente nerviosa, con sudoraciones y prisas de un lado a otro. El personal va tranquilamente a su rollo, algunos con los ojos enrojecidos y las persianas a mitad, pero a su rollo.

Antes de empezar el concierto de Anthony B, el cabeza de cartel de la primera jornada del Rototom, sale al escenario un miembro de la organización y presenta al director del festival, Filippo Giunta, a la ministra de Cultura de Jamaica, Olivia Grange, y al alcalde de Benicàssim, Francesc Colomer. Es un anticlímax total. Nadie entiende nada. Y mucho menos cuando el alcalde se empieza a enrollar como una persiana: la gente se lo dice con silbidos. Por fin sale al escenario principal Anthony B, uno de los músicos jamaicanos que más han revitalizado la música de su país, y enseguida nos damos cuenta de que esto ya va en serio. El tío no para de brincar por el escenario y el público, ahora sí numeroso, se pone a bailar en el primer frenesí reggae colectivo del festival. Aquello funciona, con ritmos y lemas muy repetitivos, pero funciona. Vemos a unos conocidos de Benicàssim y nos dicen que les encanta el rollo que lleva el festival, que les ha sorprendido. Nos confesamos mutuamente nuestros prejuicios perrofláuticos y cómo se han ido al garete en muy poco rato. A veces las personas somos así de imbéciles.

Nos recogemos pronto. Salimos del recinto evitando por los pelos la tentación de comprar una de esas cosas que a todas luces no te hacen ninguna falta. En el parking nos encontramos que la salida de nuestra zona está tapada por un puesto ambulante de venta de birras con cinco tíos y dos perros. Ni se habían dado cuenta de que cortaban el paso. Estos sí: son perroflautas. El lunes volveremos a ver a Morcheeba, que presentan disco nuevo (Blood Like Lemonade), y a cenar en la caseta de Guinea-Bissau. Y además todavía queda mucha tela que cortar hasta el sábado 28.


  1. Os perdisteis los New York Jazz Ensemble? Había poquita gente pero estuvo muy bien! El ambiente buenisimo como decís, es otro rollo de festival. He estado en un montón y este me ha sorprendido gratamente! En plan organización, servicios y cosas alternativas a los escenarios principales... en mi opinión mucho mejor que el fib! Además que la gente no iba tan puesta y eso se agradece! Buen articulo!



  2. Buenisima descripición de todo lo que se ve por allí.
    Personalmente, me gusto mucho NY Ska Jazz Ensemble, Morodo y el ambiente que se respira, y mañana espero volver, y pienso ir en bici -las dejan entrar y moverte con ella por el recinto-.
    Excelente artículo.


  3. Interesante artículo, en el que, por sutiles alusiones, se deja claro que el festival del "gafotas" (o festival ingés de Benicasim), poco a poco se ha ido convirtiendo en un festival sin personalidad, sin carisma, en el que se despilfarra porque sí, con tendencias borreguistas, mezclando el indi con el mainstream, totalmente anquilosado, copiando la estructura año tras año (pero no los precios), y sobretodo, jamás pensando en el espectador, ni en el espiritu de lo que debería ser un festival cualquiera que fuera su género.


  4. Muy buen artículo si señor!!!

    El festival nos ha sorprendido a todos muy gratamente, incluso a los que somos aficionados al reggae desde hace muchos años. Hay mucha oferta musical (aunque según un amigo todo suena igual..jeje) ya que la música jamaicana ha ido evolucionando desde los años 60s muy influenciada por la cultura afroamericana.
    Podemos escuchar desde temas de música negra de funk y soul, ska, rocksteady, el reggae más roots, ritmos caribeños como el soca o el dancehall e incluso a altas horas ritmos electrónicos como el Dubstep o el Drum&Bass.

    Destacar que en el festival han estado varios grupos castellonenses como Contratempo, The Bandits, Bambiriling Sound (con sus cantanttes Paupa Man y Natty B) y el colectivo Jamaican Memories seleccionando sus plásticos.

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