
El inicio de 'Ultimatum' se desarrolla alrededor del cuerpo de un ciervo moribundo. Foto de archivo de Led Silhouette.
A diferencia de años anteriores, el mes de la danza -o sea, abril- se ha reducido a una obra en el Paranimf de la UJI, el mayor escaparate de este arte escénico en La Plana. Eso sí, la elección de Led Silhouette y su Ultimatum ha resultado un acierto. Una apuesta de Antoni Valesa por una producción tan nueva que solo se ha podido ver en Lesaka (12 de abril), sede de la compañía navarra, y Dansa València, dos días antes de su llegada a Castelló. Espectáculos anteriores de Led Silhouette -Los perros se vio en este mismo espacio en diciembre de 2023- otorgaban al programador del Paranimf su confianza en este tenebroso Ultimatum. *El título de la obra no lleva acento, al estar escrito en euskera.
Ultimatum va más allá de la danza contemporánea. Es un espectáculo global que contiene danza -la base-, pero también textos escritos y voz en off, música y una impronta cinematográfica. Es tan global esta propuesta artística como ese "ultimátum" que se escucha constantemente en esta década, dentro de una violenta espiral ascendente y amenazando a cada vez más puntos del planeta.
Led Silhouette ha querido dar su particular visión sobre este convulso momento de la Historia, aunque desde que empezó a prepararse -dos años atrás- hasta su puesta en escena, el ultimátum se ha acelerado, creando la sensación de que la humanidad está justo al borde de que la advertencia sea una realidad todavía más grave de lo que ya es. Un futuro en el que la naturaleza se adueñaría de nuevo de la Tierra.
Como en cualquier espectáculo de danza contemporánea, su significado no resulta sencillo de captar. Puede recibir múltiples interpretaciones... o ninguna. La danza no es un argumento desarrollado con presentación-nudo-desenlace. La danza es un cúmulo de sensaciones. Y Led Silhouette juega con ese factor. Huye de ser un simple espectáculo de baile. Desde el rayo que da la bienvenida desde el centro del escenario, busca la activa atención del espectador. Juega con una baza importante: vestir el escenario, de modo que el asistente no tenga que imaginar el contexto -lo más habitual en la danza-, ni tampoco lo hayan de hacer sus bailarines intérpretes, envueltos siempre por un espacio bien definido que les deja bien situados dentro de cada momento de la obra.

Los seis bailarines de 'Ultimatum'. Foto de archivo: Led Silhouette.
Un ciervo moribundo/muerto con un móvil en sus entrañas, con moscas y humanos revoloteando a su alrededor, un bosque en el que los hombres han de sobrevivir -convivir y enfrentarse-, un recién nacido que representa la frágil esperanza en un futuro mejor, una aislada tienda de campaña convertida en luminoso reducto de resistencia. La cambiante música. Los textos -en inglés- subtitulados en euskera y castellano en la parte superior del escenario. Las plataformas. El escenario giratorio. Las luces, incluso deslumbrando la platea con un foco directo. Todos estos factores provocan que el espectador no se hunda en su silla en actitud pasiva, sino que tenga latente la sensación de que todo es posible en cualquier momento. Los sentidos están bien despiertos durante los 55 minutos.
El texto de Mathilda Haynes, compositora, cantante y poeta francesa, es fundamental. Led Silhouette toma el texto de una de sus canciones, ampliándolo con otros creados ex profeso para Ultimatum. En sus lineas asoman la depresión, el individualismo, la pérdida de la corduna, la decadencia social y económica en un mundo en ruinas, de luchas, de muerte, de nacimientos... Un retrato del siglo XXI, el tiempo que nos ha tocado vivir. Sin embargo, queda la sensación de que ese texto no tiene un vínculo diáfano con la puesta en escena.
La idea de Ultimatum fue de Jon López y Martxel Rodríguez, fundadores y directores de la compañía surgida en 2016 en la localidad de Lesaka (Navarra) y también bailarines en esta producción, al lado de Katalin Arana, Laura Lliteras, Edoardo Ramirez y Marcos Martincano. Su elástica fisicidad llevada al extremo sobre el escenario recuerda los movimientos ideados por el coreógrafo Marcos Morau, una coincidencia congruente, puesto que en la ficha técnica aparece el nombre del creador de Ontinyent (Valencia) como asesor artístico. Y no tiene nada de casual esa coincidencia, puesto que ambos colaboran de manera frecuente con la compañía La Veronal.
Cincuenta y cinco minutos de belleza estética (cruda e incómoda en muchos momentos). Pero también una invitación a reflexionar sobre el rumbo de un mundo con el apocalíptico ultimatum colgándole. ¿La respuesta del público? Aplauso por el incuestionable trabajo realizado y su impactante resultado, con dos tandas de saludos de los protagonistas desde el escenario. Pero no ha sido una ovación emocionada como en otros espectáculos (solo un par de espectadores en pie). En esta ocasión, con unos 200 asistentes, se notó la ausencia del público joven habitual.. y es que tal vez la casi coincidencia con el concierto de Fito & Fitipaldis mermó la entrada.
Por cierto, el llamativo ciervo muerto que aparece es una creación esceneográfica de un castellonense: Óscar Hernández Pol.

Al final de la representación hubo diálogo entre artistas y público, una día habitual de Antoni Valesa (primero por la derecha).















