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El verano que una pandemia nos arrebató los festivales (y dejó vacíos sus escenarios)

El coronavirus ha tumbado los tres grandes festivales de La Plana (FIB, Arenal Sound y Rototom) y todos los demás, dejando un inservible erial en sus recintos y un vacío irremplazable en el verano. Sin tocarnos, con lemas motivacionales de dudosa efectividad emplazándonos a 2021 y miradas furtivas en las alternativas de sentado.
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El recinto de festivales de Benicàssim, en el verano de 2020. Foto: Ángel Sánchez (ACF).

Todos los veranos, desde hace 25, aparece un hormigueo en el estómago que avisa de que el FIB se acerca. Durante el resto del año, cuando paso por la N-340 junto al recinto de festivales, no es más que un descampado cercado, que aún así miro de reojo. Cuando se adentra el mes de julio, evoca con nitidez el sitio donde lo he pasado de cine durante muchísimas tardes, noches y amaneceres, compartiendo conciertos y momentos excitantes con amigxs y compañerxs de trabajo. Y además, desde hace 10 años, sabiendo que hay segunda vuelta a finales de agosto con el Rototom, ese festival que nos enamoró desde el primer día por su compromiso.

Este julio el hormigueo está anestesiado y la muñeca, desnuda. La pandemia del coronavirus tumbó desde mayo, como un dominó, al FIB, al Arenal Sound, al Rototom y a todos los festivales musicales, grandes, medianos y pequeños como el Maig di Gras, el Benicàssim Blues Festival, el Bestialc, el Arrankapins o el FeCStival, que estaban programados este 2020 (incluido el SanSan, que se canceló -por segundo año consecutivo- en pleno confinamiento). Y ahora llega el momento de enfrentarse al corazón del verano con conciertos sentados, manteniendo la distancia social, mirándonos raro con la cara tapada y una frialdad estremecedora mientras el termómetro supera los 30 grados. O con sucedáneos musicales online (y demos gracias que algunos están curradísimos). Sin festivales donde (re)encontrarnos, donde sumergirse en conciertos que nos invaden masivamente o dejándonos embaucar por ritmos previsibles para evadirnos, alegremente, sin preocuparnos de nada.

Después de un confinamiento que ha roto en mil pedazos nuestros planes y nuestro sueño, y en medio de una crisis sanitaria y económica que vamos asumiendo que no podremos quitarnos de encima en mucho más tiempo del que presumíamos, tenemos que convivir con la incertidumbre, entre noticias inquietantes y el optimismo más infundado. Nada nos convence, porque no nos reconocemos en nada. Porque todo es inédito, desconocido. Porque nos resistimos a resignarnos.

Un verano sin FIB ni Rototom en el recinto de festivales de Benicàssim. Foto: Ángel Sánchez (ACF).

Darme un garbeo en bici por el recinto de festivales de Benicàssim tampoco ha ayudado. Buscaba recuerdos e inspiración para escribir estas líneas y lo que me encontré fue un panorama desolador. La naturaleza más agreste campando a sus anchas, retales de espacios irreconocibles en los que vibramos, fantasmas de escenarios de quita y pon, grafitis descoloridos, escombros y restos de botellón. En más de dos décadas ningún gobierno local ni autonómico de ningún signo ha sido capaz de consolidar ninguna infraestructura que le diera alma y sentido (ahora parece que está en vías de iniciarse el proceso administrativo para que así sea, ¡ahora!). Una mínima columna vertebral. Algo que justificara la supuesta y cacareada estrategia del “turismo de festivales”. Un triste e inservible erial. Nada de nada.

Mientras, los comunicados y mensajes motivacionales que lanzan los festivales tras haber comunicado el aplazamiento para 2021 empiezan a desprender un tufo de irrealidad. “Volverá la música. Nos volveremos a bañar en la playa de Burriana. Volveremos a plantar nuestra tienda. Volveremos a dejarnos la voz en cada canción. Y será más bonito que nunca. Todo pasará y volveremos a disfrutar juntos de nuestro festival favorito”, proclama en la página de inicio de su web el Arenal Sound.

El paso entre los escenarios principales y el de la playa del Arenal Sound. Foto: Ángel Sánchez (ACF).

“Nuestro escenario principal es vuestra casa. Porque esto también pasará y será el verano que estabas esperando. Y la música volverá a sonar. Y nos abrazaremos muy fuerte. Y brindaremos más alto. Y cantaremos más juntos que nunca”, arenga en un vídeo promocional el FIB, sin distinguirse prácticamente el tono y el lenguaje con respecto al festival de Burriana, perteneciente a la misma empresa, la valenciana The Music Republic. Y sin cambiar su lema-hashtag al contraataque: “FIB will strike back”.

El Rototom Sunsplash, por su parte, a pesar de ser el festival tradicionalmente más soñador, es el que ahora parece tener más los pies en el suelo: “Un Rototom Sunsplash sin abrazos no sería Rototom. Perdería su esencia, y la queremos intacta. Pausamos la edición 2020, pero no nuestro empeño y ganas de seguir adelante. Nos espera un año difícil. Tras meses de trabajo por parte de un gran equipo para organizar el festival, toca reactivar la maquinaria para preparar la próxima edición. Tenemos ilusión y energía, pero necesitamos más que nunca seguir contando con el apoyo y la implicación que nos habéis demostrado en estos 27 años”, explican en su web, para terminar llamando a la venta anticipada de 2021 para remontar el vuelo.

Terreno del camping del Rototom y FIB. Foto: Ángel Sánchez (ACF).

Efectivamente, no concebimos ninguna de las grandes citas del verano sin tocarnos, sin mezclarnos, sin compartir el aire que respiramos. Y sus deslavazados recintos y zonas de acampada van a ser reutilizados provisionalmente por proyectos como el autocine de Burriana. Musicalmente nos vamos a tener que alimentar, ¡y menos mal!, de la eclosión de ciclos y pequeñas citas que han surgido como champiñones a modo de alternativa viable, de la mano de esforzados promotores locales e instituciones que pretenden arrimar el hombro para que la cosa no decaiga del todo, mientras el público les da vida sobreponiéndose a la cascada de noticias sobre la proliferación de rebrotes y contagios. Y nosotros desde Nomepierdoniuna, con todas las precauciones y prevenciones, vamos a estar ahí. Por supuesto que sí.

El camping del Arenal Sound, este verano convertido en autocine. Foto: Carme Ripollès (ACF).

Pero no queremos acostumbrarnos a esta lacerante nueva normalidad. Quisiéramos creernos los eslogans marketinianos de los grandes festivales. Pensar que el año que viene todo volverá a ser igual. Que volverá ese hormigueo y la despreocupación. Que volveremos a disfrutar, a la orilla del Desert de les Palmes, de aquellos Lou Reed, Brian Wilson, Bob Dylan, Leonard Cohen, Morrissey, The Cure, Radiohead, Portishead, Primal Scream, Gorillaz, PJ Harvey, Björk, MIA, Sonic Youth, The Jesus & Mary Chain, The Jon Spencer Blues Explosion... o de quien quiera que pueda reemplazar su luz. Que volveremos a tener la posibilidad de bailar, desinhibidos, con Daddy Yankee a la orilla del Mediterráneo. De estar y sentirnos unidos a través del mejor reggae, ska y dub internacional. Que la música nos agite. Queremos volver a abrazarnos, cerrar los ojos, levantar los brazos y que suene la banda sonora del verano. En vivo y en directo. Sin virus (o con el virus a raya). Y viéndonos sonreír.

El Pinar del Grau, donde se hubiera celebrado el festival Arrankapins. Foto: Ángel Sánchez (ACF).

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