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Jose Jarque retrata la vendimia entre periódicos: "Lo que quiero contar está en mi origen"

El espacio Cúmul acoge 'Luna Menguante', donde Jose Ángel Calvé Jarque transforma las huellas de la vendimia sobre papel de periódico en una instalación que une actualidad, territorio y tradición. Es la primera vez que el fotolibro salta al formato expositivo, y se podrá visitar hasta el 14 de enero.
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Cada hoja reúne dos tiempos: la urgencia del titular y la calma del campo. Foto: David Caballero.

"Saludarse sin tocarse" o "España se abrirá al turismo internacional a partir del mes de julio" son titulares que todos recordamos de la pandemia. Otros, como "La peor crispación en el peor momento" o "La ciencia rebate a Trump", podrían aparecer en cualquier fecha. Sin embargo, todas estas noticias formaron parte de los periódicos de 2020 que la familia de Jose Ángel Calvé Jarque guardó en casa y que, un año después, reutilizó para proteger las cajas donde depositaban la uva durante la vendimia. Un gesto cotidiano y funcional que acabaría revelando mucho más de lo que parecía.

Aquellos periódicos -utilizados para proteger las cajas de la vendimia familiar en la luna menguante entre septiembre y octubre de 2021-condensaban un cruce de tiempos: la urgencia de la actualidad frente al ritmo de un trabajo que se repite generación tras generación. Mientras el periodismo buscaba novedades para llenar sus páginas, la vendimia seguía siendo la misma.

Jose Jarque es de Teruel, pero vivió en Castelló y se formó en Comunicación Audiovisual en la UJI. Foto: David Caballero.

Fue en ese contraste donde empezó a gestarse Luna Menguante, el fotolibro en el que Calvé reúne años de documentación de la vendimia familiar y en el que las manchas de uva sobre las páginas de periódico se convierten en el eje visual del proyecto. Al fijarse en aquellas huellas, descubrió algo que no encontraba en sus fotografías más tradicionales: un diálogo entre lo inmediato y lo ancestral. Como escribe Antonio Lachós en Sudarios de una mengua: "Las labores agrarias suceden sin más, como si todos los años fuesen el mismo año y, sin embargo, terminan siendo rituales, ceremonias profanas en las que la naturaleza domesticada ofrece respuestas ajenas al sudor."

'Luna Menguante'. Foto: David Caballero.

Con el tiempo, Calvé fue entendiendo que esas páginas manchadas no eran solo un accidente material, sino una forma de narrar la vendimia desde dentro: la marca del fruto sobre la actualidad, el rastro de un gesto que se repite cada año. Por eso lo que empezó como un hallazgo puntual se transformó en un archivo: meses de documentación, procesos y pruebas que terminaron encontrando su primera forma en un fotolibro.

Ahora, ese fotolibro que fue finalista del Premio Eloi Gimeno, ha llegado a Cúmul en su versión expandida. La exposición -diseñada junto a Diana Pinar y comisariada por Gerard Bomboí desde el propio espacio- puede visitarse hasta el 14 de enero en C/Cronista Muntaner 4 y convierte el proyecto en una instalación que abre nuevas capas de lectura: la materialidad del papel, el territorio, la memoria familiar y las huellas que deja la cosecha. Además, con motivo de la muestra también se ha presentado la reedición de Luna Menguante. 

En 2024, Luna Menguante viajó hasta Lisboa como parte de la Lisbon’s Photobook Fair. Foto: David Caballero.

>Has documentado la vendimia durante dos décadas. ¿Qué ha cambiado en tu forma de mirar el campo desde entonces hasta ahora?
Diría que más que cambiar mi forma de mirar el campo, creo que he ido cambiando yo. Soy de Teruel (ciudad), pero cuando era adolescente pasaba muchísimos fines de semana en el pueblo, por ejemplo, ayudando a recoger manzanas u otras tareas. Allí el tiempo se organizaba de otra manera, con otras actividades y otros ritmos distintos a los de la ciudad. Esto te llevaba a crear otras habilidades e imaginarios.

Por eso, con los años fui acercándome de una manera más creativa o personal. Como sabía que tenía que seguir echando una mano en la vendimia, busqué la manera de establecer una conexión propia con esa práctica y con ese proceso. De forma bastante natural empecé a registrar todo aquello con imágenes, primero desde un lugar más documental y, poco a poco, desde un lenguaje más experimental, que es donde al final he acabado con Luna Menguante.

La inauguración en Cúmul se acompañó de todo tipo de guiños. Foto: David Caballero.

>En la exposición aparecen noticias de la Covid o titulares que podrían ser de hoy. El tiempo pasa muy rápido. ¿Hasta qué punto sientes que el campo permanece al margen de esa velocidad?
Me interesaba precisamente ese contaste. Por un lado está la inmediatez de la prensa, del diario, de la noticia que cambia cada día; y por otro, un trabajo que, en apariencia, siempre es el mismo. El proceso tiene una parte monótona, prácticamente no ha variado desde sus orígenes. Aunque, como decimos en el texto que acompaña al trabajo, "cada cosecha se muestra única". En nuestro caso no somos una gran bodega, así que cada año la vendimia sale distinta: depende de la lluvia, del clima, de cómo ha ido el verano. Hay una infinidad de factores que afectan al proceso.

>La vendimia que retratas en tus fotografías es muy comunitaria y tiene algo de ritual. ¿Hay alguna escena o tradición que para ti resume ese espíritu?
Un recuerdo muy importante es el de mi abuelo Jesús Jarque. Antiguamente había unas construcciones -allí les llaman cubos- que funcionaban como grandes depósitos donde se ponían las uvas trituradas junto con el mosto y se dejaban fermentar. En la oscuridad, vecinos y familiares se juntaban en estos espacios para "chafar la uva" y realizar la vendimia de forma comunitaria. El recuerdo de mi abuelo viene muy ligado a esto, porque él era el responsable de uno de esos cubos. Durante los días de fermentación apenas dormía, dado que se concentraba el trabajo de toda una cosecha de muchas familias; la última que se hizo allí fue de unos 32.000 kilos.

Luego llegaba el día en que se sacaba el vino y se llevaba a las viviendas -cada casa tenía su bodega-, y aquello se convertía prácticamente en una fiesta. La gente pasaba de casa en casa, y cada familia ofrecía lo que podía, un dulce o lo que tuviera. Creo que estas imágenes transmiten bien esa vibración y ese carácter de ritual.

Gerard Bomboí, de Cúmul (a la izquierda), junto a Jose Jarque. Foto: David Caballero.

>Trabajas con manchas, periódicos y huellas que no siempre puedes controlar. ¿Qué hay de premeditación y qué hay de azar en tu obra?
De azar diría que bastante. La obra funciona por sí sola: es la propia materia, sus pigmentos, los que se manifiestan sobre el periódico. Mi papel llega después, en la parte de señalar, de decir “esto puede ser interesante” y prestarle atención para ver qué puede contar. También influyó mucho el momento en que lo hicimos. La cosecha coincidió con el año de la Covid, un momento que marcó una época. Creo que fue ese contexto el que terminó de ayudarme a decidirme del todo, respecto a pruebas que podría haber hecho en en años anteriores.

>En los últimos años ha crecido el interés cultural por lo rural y las raíces. ¿Te sientes parte de esa mirada generacional que intenta volver a leer el territorio?
Te puedo hablar a nivel personal, pero sí creo que hay algo generacional. Mucha gente que se ha dedicado al campo, o que pertenece a la clase trabajadora, ha tenido la oportunidad de acceder a estudios superiores. En algunos casos, como el mío, gracias a becas hemos podido acercarnos a otras formaciones y ahora siento que estamos devolviendo la mirada a esos márgenes o periferias.

Hemos tenido esa oportunidad de expandirnos, y después de pasar por la universidad o por otros aprendizajes, volvemos otra vez a nuestro origen. En la universidad te puedes despistar en una búsqueda identitaria con otros proyectos, pero luego piensas en quién eres tú, en lo que atraviesa tu cuerpo, en tu genética. Entonces te preguntas cómo, con todo lo que has ido construyendo, puedes volver a mirar ese lugar del que vienes y resignificarlo.

La exposición también contó con el live audiovisual de Opiodelmono y Oniriart. Foto: David Caballero.

>El proyecto también ha terminado en formato vídeo. ¿Qué te llevó a dar ese paso?
Lo del vídeo surgió casi por acumulación. Durante años fui documentando todo lo relacionado con la vendimia, pero tenía mucho material guardado sin saber muy bien qué hacer con él, porque no terminaba de encontrar un lenguaje que hablara de todo eso que comentaba antes: el ritual, las confrontaciones, el proceso.

Por eso pensé que quizá todo ese material podría funcionar dentro de un formato multimedia, como un buen contenedor de todo lo que tenía documentado. Me puse a probar y fue cogiendo forma. El círculo se terminó de cerrar cuando se incorporó Opio del Mono con el diseño sonoro. Nos hizo mucha ilusión que se pudiera ver dentro del festival Docs Valencia y, ahora, como anexo dentro de la muestra en Cúmul, creo que puede ser un buen complemento para entender el conjunto del trabajo.

>¿Qué futuro imaginas ahora para Luna Menguante? ¿Sientes que aquí cierra un ciclo o que aún queda recorrido?
Creo que el proyecto todavía puede tener recorrido. Como fotolibro ha podido verse en varios lugares -estuvo en Madrid, en Barcelona, en Lisboa- y ahora, como muestra, es la primera vez que se presenta y, además, en Castellón. Aquí estudié y viví varios años, por lo que estoy encantado. Siempre me he sentido muy acogido por el lugar y la gente. Y bueno, todo lo que pueda seguir expandiéndose me parece muy interesante.

Es verdad que lo que más motiva siempre es ese momento en el que dices “¿qué está pasando aquí?”, cuando estás en el proceso creativo y tratando de ver si realmente hay algo. Es bonito compartirlo y que la gente pueda acercarse al trabajo. Pero la parte más intensa es cuando te encuentras perdido en una búsqueda y entonces aparece algo que te interpela y a partir de ahí comienzas a trabajar en esa dirección y todo cobra sentido.

'Luna Menguante'. Foto: David Caballero.

>¿Te has preguntado alguna vez si esta tradición podría desaparecer?
Sí, claro que podría desaparecer. A nivel pequeño y familiar, como es nuestro caso, es algo que podría pasar. Ya ha ocurrido con otras tradiciones: muchas se han ido perdiendo con el tiempo. Antes había muchos de estos cubos de los que hablo en el pueblo y ahora quedan dos o tres, casi como un espacio de resistencia.

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