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Andrés Calamaro, Arde Bogotá, black eyed peas, Cala Vento, Chinchilla, Delaporte, Depresión Sonora, FIB, Iñigo Quintero, Karavana, La Bien Querida, La La Love You, La Paloma, La Plata, Lori Meyers, Miles Kane, Milky Chance, Royal Blood, Samuraï, Sen Senra, The Amazons, The Libertines, The Music Republic, The Teskey Brothers, Xoel López, YungbludEn tiempos, los hermanos Morán (también los insustituibles Ernesto González y Joan Vich) presumían de convencer a los artistas de sus sueños para venir a un rincón del Mediterráneo, ignoto por aquel entonces, gracias al boca a boca de otros artistas que ya habían disfrutado las mieles del FIB, de su ambientazo y de su cuidada producción. The Music Republic podría haber terminado de dilapidar en la 28° edición su más valioso legado: su reputación. Utilizando una de sus manidas coletillas en redes, "lo han dado todo" para lograrlo. Cabezas de cartel cabreados por los fallos constantes de sonido. Público zarandeado por la calamitosa organización de prácticamente todo. Una amarga sensación de decadencia masticándose en el ambiente. Y eso que, por momentos, algunos músicos pusieron la cuarta marcha en comunión con el público para que todo eso pudiera parecer un accidente. En un festival que, además, se beneficia ahora de las bajas expectativas con las que acude mucho público, por lo que la remontada podría ser posible en un inesperado lance del juego. Pero ya no lo es; no ocurrió. Hablamos de un vergonzoso e incomprensible deterioro por sistema.

Arde Bogotá en el FIB 2024. Foto: Carme Ripollès.
En el FIB todo ha menguado hasta la caricatura grotesca: la reputación, sí, y el cartel en cantidad y calidad, y los servicios básicos, y la relación calidad-precio y, sobre todo, el respeto por el público. También el número de asistentes (de 180.000 acumulados en 2023 a 135.000 en 2024), lo cual no tendría por qué ser una mala noticia en sí mismo, pero cuando las cuentas se fían al volumen, del que además siempre se ha alardeado, se entiende que tampoco es una buena señal. Detallar cómo ha menguado la atención del festival a los medios, hasta tratarnos como intrusos, sería egocéntrico. En resumen, han aplicado sin filtros y sin remilgos la rayanairización del modelo de festival que supuestamente les funcionó en el Arenal Sound de Burriana. Esto es: abono económico como anzuelo para después cobrar por servicios (o incluso derechos) tan básicos como poder salir y volver a entrar al recinto, dándole prioridad al marketing más agresivo frente a la atención al cliente.

El concepto de estar haciendo colas constantemente. Foto: Carme Ripollès.
Un testimonio particular ilustra bien cuáles son las prioridades del actual FIB: el de un asistente con movilidad reducida (PMR) por un grave accidente, que vivió una auténtica odisea para disfrutar del concierto de Arde Bogotá. Después de unos prolegómenos en los que, tras mucho insistir, la organización tardó varias semanas en confirmar por mail que había una zona PMR para poder ver los conciertos del escenario principal (información que no aparece visible por ningún rincón de su web), el acceso al recinto se convirtió en una gincana para encontrar el parking habilitado, teniendo que preguntar hasta a 8 miembros diferentes del personal auxiliar, de descampado en descampado, para dar con él mucho tiempo después. Una vez en la zona habilitada junto a la mesa de sonido del escenario principal, la producción del festival no fue capaz de facilitarle una silla para que pudiera ver los conciertos sentado. Finalmente pudo disfrutar de la actuación de Arde Bogotá, aunque terminó con dolores por tener que seguirlo apoyado en una barandilla y en sus muletas. ¡Una silla! Se trataba de disponer de una silla en una zona habilitada para personas con movilidad reducida. No hay más preguntas, señoría.
Álbum completo en este enlace.
Precisamente, el concierto de Arde Bogotá el primer día de festival (jueves 18 de julio) fue uno de los más celebrados e intensos del festival este año. El cuarteto cartaginés demostró por qué están hasta en la sopa, por qué son el relevo, la banda del momento, con la que una enorme cantidad de público quiere corear sus canciones, gritarlas y bailarlas. Y así lo hicieron en el FIB, con profusión, a lomos del vozarrón y la potencia escénica de su cantante, Antonio García (que con las melenas todavía se acerca más a Bunbury), y de sus “perros”. Un concierto que, por cierto, un buen número de asistentes se perdió atrapado en la cola para recoger su pulsera, que superó ampliamente la hora de espera para desesperación de público y trabajadores.

Black Eyed Peas no supo estar al nivel. Foto: Carme Ripollès.
Destacado también fue el concierto de Black Eyed Peas (con J. Rey Soul de vocalista femenina; quien parece invisible en las cartelerías e identidad del grupo), sobre todo porque parecía que estaban de paso; y eso que eran uno de los grandes reclamos de la primera jornada. La pasarela fue su gran aliada, ya que se podría decir que la dinámica del concierto se tradujo en: uno canta al final de la pasarela y el resto esperan sentados en la tarima de la batería mirando el móvil a que les toque (con pantalla a los pies del escenario a modo de karaoke). El acompañamiento con banda tampoco suma, más bien resta, y parecía que, aunque sonaba “Boom Boom Pow”, “Pump It”, “Where is the Love?” o “I Gotta Feeling?” (con varios bises de la canción…), faltaba fuerza. Will.i.am fue lo único que salvó mínimamente un concierto que empezaba con veinte minutos de retraso, a los que se sumaron unos cuantos más si tenemos en cuenta que el sonido petó solo empezar.

Yungblud quemó el FIB. Foto: Carme Ripollès.
BEP no fueron los únicos que sufrieron los problemas técnicos en el escenario principal; al día siguiente (viernes 19 de julio) le tocaba el turno a Yungblud. No solo en el arranque (con parón forzoso de nuevo), sino durante todo el concierto (era como cuando se te rompe el conector de los auriculares y lo mueves hasta que se escucha bien); con mensaje del artista pidiendo disculpas por los fallos técnicos mostrándose en las pantallas del escenario tras su concierto. Pese a eso, el artista británico acabó sacando el show y dejó uno de los mejores conciertos de esta edición. Era la cara oscura -si hablamos de género- del cartel y la que más brilló. Su actitud, las canciones, la fuerza de la batería y las guitarras y sus ganas de hacer cómplice al público en todo el momento: “Can I play “Fleabag” with you?” se podía leer en la pancarta de un fan en primera fila, el mismo que acabó subiéndose al escenario para relevar al cantante con la guitarra (mientras, Yungblud se daba un baño entre el público).

Las pantallas tras el concierto de Yungblud (con errata incluida). Foto: Carme Ripollès.
Los problemas técnicos se siguieron repitiendo. Samuraï, por ejemplo, en uno de los escenarios secundarios tuvo que parar su concierto a mitad durante quince minutos (con anécdota incluida de una particular pedida de matrimonio). Los escenarios secundarios también nos dejaron conciertos que parecían balancear todo lo demás. Como con The Amazons: potencia con control; un trallazo hardrock meódico made in Reading que sacudió al público en el mismo momento que en otro escenario ¡del mismo festival! estaba actuando Sen Senra para un público mucho más numeroso.

The Amazons, sí. Foto: Carme Ripollès.
Xoel López, que entregó sus canciones en un formato bien divertido, festivalero y desinhibido, bailongo; repasando lo mejor de sus 5 discos en solitario, sin clavarse en el último (Caldo Espírito) y pasando de su tono más íntimo, personal y gallego a los ritmos latinos sin despeinarse. Exhibiendo la habilidad innata que siempre ha tenido para conectar con el público, propio y ajeno.
También Chinchilla (Daisy Bertenshaw), que padeció ser la previa a BEP (y, por tanto, con parte del público haciéndose hueco en el principal) y fue una de las luces de la primera jornada. Con un vozarrón tremendísimo (también la chupa que se calzó, la verdad) y una propuesta que la verdad imposible de encasillar; por su voz, por su estilo, por su música y por la creatividad que irradia todo en el conjunto.

Royal Blood bajo su icónico tigre. Foto: Carme Ripollès.
En el escenario principal también brillaron Royal Blood y Andrés Calamaro. Por un lado, el dúo británico, que empezó desde el minuto uno con una buena muestra de la contundencia de su sonido (“Out of the Black”); incluso con Ben Thatcher (batería) bajándose del escenario para organizar él mismo el pogo. Y si hablamos de conexión y complicidad con el público, la de Calamaro. El artista argentino regaló todas sus mejores canciones (“Flaca”, “Cuando te conocí”, “Maradona”…) en un concierto notable, sin muchos artificios y acompañado por la banda.

Andrés Calamaro. Foto: Carme Ripollès.
Y pese a las críticas que generaron los horarios, lo cierto es que el escenario principal supo muy bien cómo arrancar (que no siempre ha sido el fuerte del festival), conThe Libertines (aunque para gran parte del público sonó de música de fondo en la cola o en el atasco en la carretera) y Pete Doherty paseándose por el recinto para hacerse fotos y jugar con los hinchables; Milky Chance y el buen rollo que desprendió durante todo el concierto (“Stolen dance”); y Miles Kane.

The Libertines estrenaron el escenario principal. Foto: Carme Ripollès.
El FIB sirvió para conectar con las nuevas bandas nacionales. También para ver el pulso de la escena rock. Y para muestra el concierto que se marcó Cala Vento (surfeando entre el público al final). Con su Casa Linda, pero también con otros (como ese “Isla desierta” coreado). Fue de las últimas incorporaciones del cartel, por sorpresa (sorpresa que, como explicaron, también fue para ellos) y de las más acertadas, porque a la potenciade de Aleix y Joan le faltaba carpa por todos lados (¿tal vez en otro escenario más grande?). Por cierto, un acierto recuperar el escenario-carpa, generando esa sensación de estar en una sala.

Aleix (Cala Vento) surfeando la carpa del festival. Foto: Carme Ripollès.
Bajo la carpa también vimos a La Plata; sustituyendo a Ángel Stanich (que fue baja del cartel) y con una estampa muy particular de fondo: la cola de las pulseras dando la vuelta al recinto. También Depresión Sonora (Marcos Crespo), que con Makinavaja ha conseguido dar el salto; por sus letras, sus referencias y la forma que tiene de unir un poco de todo en sus letras. Todo ello bajo una atmósfera que jugaba entre la oscuridad, luces y el humo (bueno, y su técnico de sonido entregado a la causa por completo durante todo el concierto).
Otro de los nombres emergentes que más están sonando en la escena es el de La Paloma. El preludio perfecto para Cala Vento, todo hay que decirlo. Los madrileños -a los que acompañó la artista Shanghai Baby- aterrizaban en uno de los escenarios secundarios para romperlo (de forma metafórica, que esta vez no se rompió nada por el camino). Con "La edad que tengo" casi convertido en himno. El disco debut de los madrileños recibido con los brazos abiertos por un público dispuestísimo a salir de ahí sudando.

La Paloma conquistando el festival. Foto: Carme Ripollès.
Tampoco se quedó atrás, en este mismo escenario, Karavana; inicialmente programados en la carpa, pero que pasaron al escenario secundario tras la cancelación de Kenya Grace (su vuelo se vio afectado por el apagón en Windows provocado por CrowdStrike). Perfecto para ver cómo el público enloquecía con canciones como “El final”, “Madrid”, “Strokes” o la verión de “Tití me preguntó”.

Karavana. Foto: Carme Ripollès.
Nos sorprendió The Teskey Brothers, con un espléndido concierto a base de R&B y soul. Otros fueron menos sorpresa, como Lori Meyers (que contó con Manola como invitada), The Vaccines, Dorian (y su tirón eterno con “La tormenta de arena” reventando el escenario principal el último día), o la verbena de La La Love You. También Delaporte, de madrugada y con una propuesta en la que la parte vocal ha pasado a un segundo plano para priorizar la electrónica; mucho más cuidado el show, el sonido (con acompañamiento de batería y teclados) y con toda la intención de poner del revés el festival a modo clase de aerobic… Y así lo hizo.

El efecto Dorian. Foto: Carme Ripollès.
También hubo otras que parecía no encontrarse en su hábitat, como el caso de La Bien Querida, y otras que no entendimos, como el concierto de Iñigo Quintero, con el cielo de fondo y con un viralizado "Si no estás" como única razón para estar ahí.
El FIB de las camisas estampadas en grupo, las gafas asimétricas, hinchables de todo tipo, los bolsos Zadig y las botas cowboy. También el de los intentos de performance con luces y cachivaches recorriendo el escenario. Y en el que, más importante, hemos echado en falta más representación femenina en el cartel; sobre todo en el escenario principal.

Una de las sorpresas de esta edición: The Teskey Brothers. Foto: Carme Ripollès.
Que un festival de música olvide que lo más importante es la música, hasta llegar a descuidar la producción meramente técnica, debería de llamarnos la atención; la cruel realidad es que ya no nos sorprende.
El FIB nos dice que no somos los mismos y tiene razón. Su público ya es prácticamente nacional y va con sus hijos y carritos al festival (aunque en redes el festival se afane por rejuvenecerlo). ¿La conclusión de la organización de puertas hacia afuera?: asumir la derrota, llamarnos boomers, rediseñar la cara del niño astronauta para que mire de reojo (¿al futuro o al pasado?) y seguir financiándose. El año que viene la 29º edición del FIB se celebrará del 17 19 de julio de 2025 y va de naranja:
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Hablamos del FIB como el mismo festival de 1995 a 2024 porque la organización así lo hace en su estrategia de marketing, apelando a su historia y su trayectoria, y porque así lo reconoce el público. Pero en realidad se conduce, con brusquedad, como si fuera una cosa absolutamente diferente. Aquellos grupos que soñaban los impulsores se han convertido en un formulario de Google de incierto origen y destino. Ya nadie sabe de qué va el FIB a nivel artístico. Podría no importarnos si no fuera porque el festival cada vez se padece más que se disfruta.
Los que nos estimamos el FIB sabemos que hay que cuadrar los números para garantizar su continuidad, pero el precio a pagar no puede ser hacer sentir al público como tarjetas de crédito andantes. Está demostradísimo que las cosas bien hechas siempre resultan más rentables. Y lo decimos porque nos encantaría que el FIB llegara al 30º aniversario con dignidad. Que nos divirtiera sin tener que estar pendientes de interferencias. Como mínimo, que la música en directo suene bien.
Por cierto, odiamos repetirnos, pero es que sigue todo igual: las institucionales también podrían acondicionar y condicionar. Acondicionar el recinto de festivales y los accesos, que después de 25 años ya claman al cielo. Y condicionar su apoyo al FIB al cumplimiento de unos mínimos estándares de calidad de producción y de atención al público.

Fibers. Foto: Carme Ripollès.
















135000 asistentes en tres días es lo mismo que 180000 en 4 días .La asistencia de público es parecida en las tres últimas ediciones