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Un lunes de febrero con Fino Oyonarte en el Sons

Lecciones de vida con un veterano del rock, tirando de la infravalorada épica de la honestidad. A palo seco. Sin estridencias, en un Teatre del Raval hecho refugio de alta montaña en un día de superluna. Otra prueba de la grandeza de Los Enemigos: el segundo de abordo también es un grande. Un lunes cualquiera en el Sons.
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Fino Oyonarte, el pasado lunes en el Teatre del Raval con el Sons.

Nada como ver a un músico con 30 años de carretera enrolado en uno de los grupos rock más emblemáticos del país (Los Enemigos) nervioso como un flan, feliz y entusiasmado por defender solo con su guitarra y el piano sus canciones, hechas literalmente de Sueños y tormentas. Esas en las que se desnuda emocionalmente como catarsis en busca de la luz después de haberle visto las orejas al lobo, en forma de jamacuco, como él llama al infarto que sufrió en 2015. Podría haber sido solo entrañable. Pero el concierto funcionó. Con lo más básico y puro. Tan solo unos arpegios de guitarra, un hilo de voz, unas melodías de belleza discreta y atemporal y unas historias en las que te reconoces y te abrigan. Esas que hablan de la música como redención ("Afortunado"), de amor verdadero a sus padres ("Huellas en el tiempo") y a su compañera de proyecto vital ("Estos años"), de una forma de estar en el mundo más consciente y menos ansiosa ("Cien pasos"). Sin dramas. Sin desgarros. Mirando hacia delante con una sonrisa socarrona.

Fino Oyonarte nos ganó con todas sus debilidades, no por patéticas, sino porque también son las nuestras. Uno lo recuerda dando brincos con su bajo, su camiseta a rayas y su cazadora vaquera sobre los escenarios de Almassora, Vila-real y Castellón en los años 90 y, después de un sinfín de trepidantes viñetas, se lo encuentra ahora con cuatro pelos, escuálido y con una mirada severa en la portada del disco que se proyectaba en la trasera del Teatre del Raval. Pero lleno de honestidad y canciones que dicen cosas importantes con palabras y estructuras muy sencillas. Con una modestia y una cercanía que, mirando su historial, desarma, cuando las referencias que nos vienen a la cabeza son de músicos de la altura de Nick Drake o su admirado Elliott Smith.

El Sons es, precisamente, eso: ponernos al alcance de la mano disfrutar en la corta distancia de grandes músicos un lunes cualquiera de febrero. Podernos esconder durante un rato en canciones-refugio mientras ahí fuera algunos siguen ladrando, para después reencontrarnos con la superluna de camino a casa. La próxima cita del Sons será con la norteamericana Laura Gibson el lunes 11 de marzo a las 20:00 en el Teatre del Raval, de nuevo con entrada inversa (voluntaria al término del concierto).

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