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Love of Lesbian, alta fidelidad

Lleno casi absoluto en la sala Opal para ver a la banda catalana, un fenómeno de masas que atrae, una y otra vez, a todo tipo de etnias urbanas y edades. Tal vez sean el único encuentro intergeneracional de la música española actual. Crónica y fotos de Galcerán de Born. Contracrónica de Pol Miramar.
  
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Love of Lesbian generan un sentimiento de pertenencia poco habitual en la música. Más que un grupo, parecen un equipo de fútbol, que transmite la misma pasión que su amado Barcelona aunque, eso sí, con mucho menos virtuosismo. Serán indies (o lo que sea que sean) pero atraen a gentes que no lo son. De todo tipo, edades y pelajes. Adolescentes en las primeras filas, veinteañeros y treintañeros en la zona media; cuarentones por la retaguardia. Cada uno, de su padre y de su madre, con sus referentes culturales y estilos musicales. Bien dispares. A buen seguro sólo tienen algo en común: son lesbianos.

Carisma, mucha verdad sobre el escenario y un histórico de grandes canciones han hecho de LOL el grupo español que, posiblemente, más haya estrechado sus lazos con un público de amplio espectro. Alta fidelidad difícil de conseguir en estos tiempos y que, paradójicamente, no hizo honor a la calidad sonora del arranque del concierto.

Las primeras canciones fueron un sufrimiento, con la voz de Santi Balmes saturada de agudos y reverb, chirriante como no debía. El efecto bola se extendió a las guitarras aunque fue desapareciendo y el espectáculo, por suerte, duró más de dos horas. Había tiempo para remontar.

También era una prueba de fuego para saber cómo serían acogidos en directo los temas de su último disco, Las noche eterna. Los días no vividos, al que parece faltarle un gran hit, aunque hay candidatos como "Si tu me dices Ben, yo digo Affleck". Sólo el tiempo dirá en qué lugar queda este trabajo dentro de su discografía en español, pero lo cierto es que, a día de hoy, tienen que mirar al pasado para desatar la locura. El mejor ejemplo, el bis: "Incendios de nieve" y "Club de fans de John Boy" como catársis colectiva desmedida; "Oniria e Insomnia" para retornar a la calma y decir adiós.

Este nuevo formato, lejos del frenesí festivalero al que se han sobreexpuesto en los últimos veranos, invitaba a realizar algún guiño intimista. Y lo hubo, con canciones que comenzaban a capella e iban in crescendo a medida que el resto de músicos se iba sumando. Era una gran noche para incluir, por ejemplo, "La parábola del tonto" (posiblemente, su mejor canción), pero quién suscribe, con un buen puñado de conciertos lesbianos a sus espaldas, aún no la ha escuchado en vivo. Una auténtica pena, pues es una de las joyas que más valoran los muy fans y que no suele salir del armario.

Pese a los tiempos comedidos, hubo, cómo no, espacio para la parafernalia lesbiana que tanto bien hacen a sus actuaciones, que les hacen gamberros y humanos. Y también para la terapia de autoayuda que comparten con el prójimo gracias a temas como "Como me amo".

Los directos de Love of Lesbian son compactos y efectivos, pero sin excesivas florituras. O no caben. O no encajan. Pero quien acude a un concierto de LOL sabe que acabará con una sensación de felicidad, habiendo cantado, gritado, bailado junto a auténticos desconocidos con quienes sólo comparte su pasión lesbiana. Y eso ya vale los 20 euros de la entrada.

Santi Balmes, al frente de Love of Lesbian el pasado sábado en la Sala Opal. Fotos: Galcerán de Born.

Contracrónica de Pol Miramar: “La noche eterna”

Hubiera sido interesante poder vivir el concierto desde fuera de la sala; seguramente la aparatosa mezcla de oír al grupo acompañado de ese omnipresente coro que son los asistentes a sus directos nos daría una lectura real de la dimensión de la conquista. Sabríamos lo que supone mantener a un público variado enganchado durante casi dos horas y media a un repertorio infalible y explotado hasta el límite con sus consabidas consecuencias. Un oasis temporal de profundidad emocional antes de regresar a este mundo de ladrones y fariseos. 

Tras un rastro cegador de más de una veintena de canciones llegó la calma, un final en forma de sello que rubricaba y acreditaba que las cosas se han hecho lo mejor posible. Y es entonces cuando se tiene la sensación de que las peticiones del oyente parecen excesivamente colmadas, entonces y solo entonces, en una pirueta mortal sin red los príncipes de la “Torch Song” deciden despedirse por todo lo alto con “Oniria e insomnia”, una balada que transita inexorable hacia el medio tiempo grandilocuente que tan buen resultado les viene dando a los catalanes desde casi siempre.

Un detalle importante el finalizar el concierto con semejante tema. Una vez exhausto el entregado público a golpe de hit tras hit, la banda decide autoregalarse una canción para hacernos entender que ellos, sobre todo, se lo pasan bien y que el contagio masivo de sensaciones ha sido solo cuestión de tiempo. 

Sombras de "La noche eterna". Foto: Galcerán de Born.

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