
Foto: Armando Guerra
El escritor de Vila-real Jordi Colonques ganó en mayo el XXX Premi Enric Valor de Novel·la con Carnívora, una historia de terror biológico que imagina una València -donde el autor reside- al límite. Calor extremo, saturación turística, servicios colapsados y un brote de una mosca tropical que se propaga entre la basura acumulada hasta desatar una crisis sanitaria. En medio del caos, una inspectora de sanidad, un entomólogo y una madre agotada se ven atrapados entre la urgencia, la desinformación y la podredumbre literal de la ciudad.
La novela, publicada el pasado 22 de octubre, puede leerse desde la extraña familiaridad de un presente que ya nos resulta demasiado reconocible. Quizá por los ecos de la pandemia o, como apunta el propio autor, por la reciente DANA que golpeó València. Carnívora no parte de esos hechos, pero conecta de lleno con esa sensación de colapso ambiental y político que se cuela en la vida cotidiana. Colonques ha cultivado, con todo, un terror biológico poco habitual en la literatura en valenciano, donde la amenaza llega así de procesos naturales que la ciencia conoce bien. Y lo hace sin miedo a describir lo que incomoda: la carne, el calor, la suciedad, los cuerpos.
>Has dicho que te fascina el mundo de los insectos. ¿De dónde te viene esa atracción y cómo crees que ha marcado tu manera de entender el mundo y la literatura?
Soy biólogo, aunque no me he dedicado profesionalmente a la entomología. En mi trayectoria científica -antes de ser profesor- me centré más en la neurociencia, pero utilizando como modelo de cerebro la mosca Drosophila (la mosca del vinagre). Eso significa que he trabajado mucho con moscas: las criaba, las observaba, las usaba para los experimentos. Cuando pude ver insectos por primera vez bajo la lupa, el impacto visual fue enorme. Siempre me han provocado una gran admiración: son animales capaces de desarrollar estrategias increíbles, y también me interesan por una cuestión estética. Les encuentro una belleza difícil de explicar.
Creo, además, que una de las características fundamentales de un escritor es la capacidad de observar su entorno. A mi en principio me interesa todo. No tengo una imaginación muy desbordante o fantástica, pero sí una mirada muy observadora. Mi manera de entender la literatura está muy ligada a la realidad y al entorno, al lugar donde vivo y a lo que me rodea.
>Carnívora te ha valido el Premi Enric Valor, pero también consolida tu camino en el terror biológico. ¿Sientes que has encontrado tu lugar como escritor?
Sí, a lo largo de los años he ido buscando mi lugar. Cuando uno crea obras literarias piensa en qué puede aportar a la literatura en valenciano. Pero sin forzarlo, me he ido centrando en unos temas y obsesiones que han hecho que, por ejemplo, mi novela anterior, Llibre de morts, fuera una novela muy biológica; o la anterior Món animal. En todas ellas trato a los personajes casi como objetos de estudio.
En Carnívora eso alcanza su punto máximo, porque entra de lleno en el terreno del terror biológico: hay una amenaza -en este caso, una plaga- y lo que me interesa es cómo reaccionan las autoridades, cómo responde la sociedad y de qué manera se identifica, se diagnostica y se combate el problema.
>¿Y qué te llevó a imaginar una València devorada por una plaga?
La cuestión es que el desbarajuste climático, esta imprevisibilidad de nuestro clima, hace que cada vez más nos acostumbremos a olas de calor tempranas. En la novela, se dan circunstancias en las que algo como lo que cuento podría pasar. Llevo las cosas al extremo, claro, pero las miasis, es decir las enfermedades provocadas por larvas de mosca en humanos, son cada vez más habituales en otros lugares del mundo. Y aquí también nos encontraremos con más plagas y organismos que antes no estaban, pero que como podemos llegar a condiciones caribeñas, podrían adaptarse.
>De hecho, la trama se sitúa en un territorio reconocible, con calor asfixiante, saturación turística y crispación política. ¿Querías que el horror tuviera una base real, casi documental?
Sí. Hay un hecho que potencia todo el problema: la huelga del servicio de limpieza. Cuando me documentaba para la novela, encontré un patrón que se repite en muchas ciudades europeas. Cuando hay una crisis provocada por huelgas de limpieza, las ciudades colapsan y el efecto siempre es el mismo: acumulación de toneladas de basura en las calles, problemas sanitarios y una respuesta de las autoridades muy conflictiva. Lo que ocurre en la novela pasa en València, pero podría pasar en cualquier ciudad.
>La novela arranca como tantas historias de terror, con una situación muy cotidiana: una chica que se prepara para una maratón y que de repente se enfrenta a algo inquietante. ¿Te atraen ese tipo de inicios tan cinematográficos?
Sí, la verdad es que los inicios de las novelas son importantes. En una obra que considero breve, o al menos no muy extensa, el planteamiento de la historia tiene que aparecer pronto, para centrarnos ya en el problema y en el desarrollo. Así que sí, me interesaba empezar de una manera muy normal, con una persona que corre por el cauce del río, y que de repente se encuentra con una circunstancia que lo cambia todo y acelera los acontecimientos. Los comienzos son importantes y, en mi caso, teniendo en cuenta la extensión del libro, debía ser cuidadoso al distribuir los sucesos. Posiblemente sea la novela en la que más en serio me he tomado el análisis estructural.

'Carnívora' parte de una posibilidad real de colapso climático.
>Además, la mujer que abre la novela trabajaba en una azulejera de la Plana Baixa afectada por la crisis del gas. ¿Querías conectar el horror biológico con la realidad social y económica actual?
Sí, a lo largo de toda la novela todos los personajes sufren, de una manera u otra, las miserias actuales de la clase trabajadora. No solo eso, también planteo la cuestión de las migraciones, de las personas que se ven obligadas a dejar sus casas por necesidad, en contraste con quienes viajan por placer o por privilegio. Esa contraposición me interesaba mucho. De la misma forma que los vecinos de los barrios populares de València conviven con la llegada constante de turistas, me parecía importante mostrar el impacto que todo eso tiene sobre la gente que vive allí.
>El cambio climático es una sombra constante en la historia. ¿Te parece que estamos empezando a asumir con normalidad la idea de colapso?
Sí, nos estamos acostumbrando a que ocurran cosas que antes no eran habituales. Eso, a nivel narrativo, permite plantear circunstancias muy extremas que, aun siéndolo, no resultan lejanas a la realidad. El drama de todo esto es que, por muy extremas que parezcan las historias que imaginamos, siguen siendo verosímiles. Las circunstancias actuales hacen que todo eso pueda llegar a ser posible.
>Una de las cosas más inquietantes de Carnívora es que no se lee como una distopía lejana, sino como algo posible. ¿Crees que la pandemia ha modificado nuestra percepción del terror?
Sí, y en el caso de València no solo por la pandemia, también por la DANA. En Carnívora se plantea una amenaza, en este caso biológica, que provoca una crisis sanitaria y una necesidad de respuesta inmediata. Lo que ocurre en la novela, sin hacer spoilers, es que la reacción de las autoridades llega tarde y sin tener en cuenta las advertencias de la comunidad científica, representada aquí por un entomólogo y una inspectora de salud pública.
La historia ya la tenía pensada desde hacía tiempo y la terminé de perfilar el último año, pero las circunstancias hicieron que coincidiera con la DANA y con algunas escenas o situaciones que realmente tienen mucho que ver con lo que pasó, incluso con la aparición de la UME y los militares.
>En algún momento del libro, la comunidad científica intenta advertir, pero nadie la escucha. ¿Te preocupa esa desconexión entre investigación y política?
Sí, claro. Desde la comunidad científica se señalan cosas que están muy claras, pero a veces hay un desfase entre eso y la voluntad política de poner en marcha los programas que deberían aplicarse. Con la pandemia se ha visto que, cuando el problema es realmente grave, la humanidad es capaz de reaccionar de forma rápida y eficiente. Quiero decir, las cosas se pueden hacer bien, no soy tan pesimista en ese sentido. Pero en la novela lo que planteo es una catástrofe absoluta, una situación límite en la que todo falla.
>Mientras describes larvas que devoran carne humana, también retratas una ciudad desbordada: el olor, el sudor, la suciedad. Hay una escritura muy sensorial. ¿Cómo la trabajas? ¿Influye el hecho de ser también ilustrador?
Sí. A mí siempre me ha gustado el carácter evocador de la literatura, y eso se traslada a cuando escribo. Cada uno tiene sus manías, pero me gusta leer los textos en voz alta después, ver si hay ritmo interno, cadencias. Me gustan las descripciones, aunque con el tiempo he intentado ser más conciso y no abusar de ellas. Pero me interesa que la lectura provoque sensaciones en quien lee, incluso si son de rechazo o de asco. No lo considero algo negativo; entiendo que al describir ciertas cosas eso puede ocurrir.
>¿Qué referencias o influencias tienes dentro del terror biológico o de la ciencia ficción? ¿Te sientes próximo a algún autor o libro?
Pues digamos que en los últimos años me ha impactado mucho la lectura de algunos libros de antropólogos forenses, como Bill Bass y su La granja de cadáveres. Son textos que describen con mucho detalle el proceso de trabajo de esa gente, y esa forma tan descriptiva me ha marcado bastante.
También me interesan, aunque no los haya cultivado demasiado, las novelas del estilo de Robin Cook. No es que sea especialmente fan, pero sí me atrae esa estructura clásica en la que se plantea una amenaza, se diagnostica el problema y se elabora una estrategia de resolución.
Y una de las lecturas que más me influyó en su momento fue La jungla, de Upton Sinclair. Es un libro sobre las condiciones de trabajo en la industria cárnica de Chicago a principios del siglo XX, una obra de denuncia social muy potente. Mientras lees las descripciones del procesamiento de la carne -las ratas, la podredumbre- también ves las duras condiciones en las que trabajaban los inmigrantes. Esa combinación de descripciones crudas, biológicas, con la crítica social me interesa mucho.
>¿Cómo es tu rutina de escritura? ¿Necesitas cierta calma?
En casa somos una familia de cuatro, y dos son preadolescentes. Entre los trabajos y las obligaciones de la vida moderna, el día a día es complicado. Aunque soy bastante noctámbulo, durante los periodos de escritura duermo poquísimo. Espero a que todos se acuesten y entonces me pongo a escribir, de una a tres de la madrugada, o algo así, y luego duermo cuatro horas.
Como le pasa a mucha gente que se dedica a escribir, el sueño sería poder hacerlo de manera profesional y exclusiva, pero en la práctica hacemos lo que podemos. En el caso de Carnívora, sí que me lo tomé muy en serio: me propuse escribir todos los días, aunque fuera solo una página.
>Muchos expertos alertan de nuevas amenazas, como la resistencia a los antibióticos. ¿Contemplas ese tema u otros relacionados para tus próximas novelas?
La verdad es que inspiración no me falta. Los problemas actuales relacionados con las amenazas biológicas, dan para mucho. Como también la acción política de nuestros gobernantes. Parece que en el País Valencià siempre estamos en movimiento. De hecho, tengo ya un planteamiento de novela en fase de estructuración y de búsqueda, y está bastante relacionada con todo eso.














