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Joe Crepúsculo se sale con la suya en Menta

Crónica del estridente concierto del músico barcelonés, el pasado sábado en la sala Menta de Castellón, sobre lecho de autorretrato generacional salteada con fotografías de Paco Poyato.
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Joe Crepúsculo, en plena verbena mentolada. Foto: Paco Poyato.

Voy a ser sincero. Uno de los capos de este chiringuito informativo-cultural, en una clase magistral de fishing avanzado, hizo que hábilmente picara su anzuelo para acompañarle a ver al señor Joe Crepúsculo. Y yo, cual pececito que ronda casi los cien solsticios (sí, en invierno hay otro) me apunté a tumba abierta. Llega el día, llega la noche y el rey pescador, con una baja excusa de brasero y mesa camilla, me deja tirado a merced de mi buena suerte como presidente de la Lonely hearts club band.

Llego a la posada-club Menta y espero en la calle a que la hora de empezar el concierto sea inminente para ahorrarme un buen rato de oscuridad y ráfagas de falso humo como las que anuncia últimamente cierta empresa de alarmas de seguridad. El evento está programado para las diez de la noche del sábado [3 de febrero], horario en el cual suelo estar en mi casa haciéndome el interesante viendo pelis tipo The duke of Burgundy en la pantalla de mi Imac de 27 pulgadas. En cambio, a esa misma hora soy testigo de cómo al bajar de la acera una bella y joven mujer da con sus huesos en mitad de la calle; se ve que la chorrada esa del tardeo no perdona.

Entro en el garito mentolado y, efectivamente, allí hay menos luz que en las grutas de San José por la noche pero, a diferencia de estas, no hay tanta humedad y ponen temazos disco de finales de los setenta. La chavalada ha venido a pasarlo bien, que para eso tienen esas edades en las que parece que los grandes avatares de la vida aún tienen solución. Echo un vistazo general y ya tengo mi trofeo al señor más viejuno del reino. Una voz interior me recuerda que esto pasaría algún día y tengo la sensación que dicha sentencia la ha oído todo el populacho recién salida por los bafles del recinto. ¡Bravo!

Joe Crepúsculo, por Paco Poyato.

Conozco las melodías de Crepúsculo desde que a principios de 2009 descubriera Supercrepus, disco íntimo, bonito y loco que por aquel entonces escuché muchísimo y que las pocas veces que ahora lo hago solo sirve para acordarme de una novia muy guapa que tenía, de lo mucho que lo escuchábamos y de lo mucho que la quería.

Empieza el concierto con “Nuevo amanecer”. Bueno, igual no era esa pero me sirve de plantilla para trazar un dibujo esquemático de lo que iba a ser la tónica dominante de la velada. Vaya por delante que a mí el concierto musicalmente no me gustó, aunque lo pasé cañón y eso es lo que realmente importa.

Para el segundo tema ya intuyo que aquella sutilidad, cercanía e incluso melancolía que hace nueve años me enganchó de sus canciones y que de alguna manera ha ido conservando en toda su carrera, se iba a esfumar a cada bombo sintético que rebotaba en mi pabellón auditivo.

Crepus apuesta todo su botín a la casilla de la fiesta y nos ofrece sus canciones bajo un envoltorio de sonidos mákina noventeros que acaban engorilando al personal, pero que devalúan la magia de muchas de sus composiciones originales. Los temas van sucediéndose de manera atolondrada. Pequeñas joyas como “El día de las medusas” suenan aceleradas y vulgares. Entre canción y canción el artista aprovecha para dar las gracias en catalán y preguntar si en Castellón nos gusta el reguetón, si lo estamos pasando bien o si nos gusta la música moderna.

Suena “Tus cosas buenas” y la sensual cadencia de cumbia original se ha transformado en un pastiche taquicárdico que si lo oyen desde el otro lado del Atlántico podría acarrearle la prohibición de entrar en cualquier país latinoamericano durante los próximos quince años. Por si acaso los ritmos bacalao no son suficiente, el amigo Joe estruja su teclado Nord con cierta preferencia por unos presets que parecen sampleados a un señor de esos que ameniza los movimientos de una cabra subida a una escalera. Él, por supuesto, lo hace todo a conciencia sabiendo que forma parte de su apuesta, pero a mí, tal y como va transcurriendo la nocturnidad, me frustra cada vez más.

A los moradores del lugar todo esto de la sutilidad parece que les preocupa poco. La bendita juventud está encantada con las estridencias y los ritmos sincopados. Ellos bailan, se tropiezan, se besan. Yo me refugio en pequeños oasis, como ese tesoro nacional que es “Música para adultos”, que suena con su embalaje original mientras la chica que está a mi lado canta toda la letra a pleno pulmón y, sorprendida, no le quita ojo a mi incipiente barba blanca. Suena otro tema y volvemos otra vez a los 90, de paseo por la pista de la discoteca Pont Aeri. A favor del compositor barcelonés hay que decir que el sonido de la sala es cuasi perfecto, a un volumen importante asistimos a una fiestaca de casi dos horas por las cuales desfilará un completísimo set donde no faltan hitorros como “Toda esta energía”, “Baraja de cuchillos”, “Enséñame a amar”, “La canción de tu vida”, “Rosas en el mar” y muchas más hasta perder la cuenta.

'Crepus', muy a tope. Foto: Paco Poyato.

En medio del vendaval, los amplificadores vomitan “Pisciburguer” y la peña con una media de dos birras, un combinado y 2 jägers entre pecho y espalda se dedican a levantar los brazos y a grabar vídeo-souvenirs con sus móviles, en los que salen más planos del techo que de las poses sexys asonrisadas de sus amigos que ya no pueden disimular cierto desencaje facial y sudoríparo .

Hacía el final del concierto, nuestro cocinero de la revolución industrial ya tiene bien cuajada la salsa pil-pil y, a grito pelado, no para de arengar al público como si regentara una atracción de autos de choque en la feria de Todos los Santos. Nos anuncia que el cotarro está llegando a su fin y se autopresenta como “Joe Crepúsculo de Barcelona, República de Cataluña”. Ni caso, la muchachada quiere más sinte-machaque, así que desfilan un par de temas más y chis pum.

Cinco minutos después de la parada reglamentaria en boxes Crepus avisa repetidas veces que solo va a tocar tres canciones más y c'est fini. No recuerdo la primera, juraría que fue “La verdad”. Ahora, las dos últimas aún las tengo presentes.

Como si hubiera estado escuchando mis pensamientos y me la tuviera jurada toda la noche, el broche final iba a redimirme de semejante desaguisado. El mago de Sant Joan Despí, con un público entregado en cuerpo y almax forte, arremete una increíble versión de “A fuego” de una contundencia mayúscula que hace que a un servidor se le escape un: “¡Joder, qué traca!”. Termina la canción y rápidamente el gentío parece tomar posiciones para lo que ya sabe que se le viene encima y entonces empiezan a sonar esas notas de piano eléctrico que dan salida a “Mi fábrica de baile”. Brutal win-win rompepistas capaz de hacer entrar en éxtasis a todo ser viviente... y así fue. Al final el amigo Joel, como buen capitán, se salió con la suya... Y se lo agradezco.

Joe Crepúsculo, 'makinando' sus canciones. Foto: Paco Poyato.

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