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El león no duerme por la noche

“El reggae es una música lenta y rápida a la vez. Igual te relaja que te excita. Lo tiene todo al mismo tiempo”. Alguien lo dijo en una conversación entre cerveza y cerveza el pasado sábado en el Rototom de Benicàssim y dio con la clave. En este festival, el reggae puede ayudarte a hacer la siesta o impulsarte a bailar sin descanso. Y Jimmy Cliff dio una lección magistral de música negra.
  
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Fotos oficiales del Rototom de Luca d'Agostino y Elia Falaschi (potada y abajo).

La música jamaicana tiene una característica que la hace rápidamente identificable. Los acentos rítmicos, en lugar de caer en los tiempos del compás, caen a contratiempo. Eso le confiere una sensación de oleaje manso. Del que ondula con la brisa marina y proporciona ese sosiego que invita a echarse a dormir la siesta a la sombra de un árbol. Arrullado por ese ritmo perezoso, que no tiene prisa y llega medio tiempo tarde, y fascinado por el ambiente tranquilo y calmo de la tarde en el Rototom Sunsplash, comencé a pensar en lo delicioso que sería tumbarse en una hamaca.

Y allí estaban. Justo aparecieron ante mí como si las hubiera invocado con el pensamiento. Sujetas a los troncos en una de las arboledas que están dispersas por el recinto de festivales de Benicàssim y, desgraciadamente, todas ocupadas. Era lo normal. Ya llegaba tarde (más de lo esperado), y se me habían adelantado algunos visitantes más tempraneros. Tampoco hubiera podido tumbarme mucho rato. El colorido de este festival, que cumple ya 18 años y celebra su segunda edición en el municipio benicense, resultaba tan cautivador como las propias hamacas. Había mucho que ver, que oír y que saborear en la placidez vespertina del sábado.

Entre otras cosas, había que decidir dónde cenar entre los muchísimos puestos de comida. Nos decidimos por uno de cocina africana en el que fuimos atendidos diligentemente y con una eficacia que rompe con el prejuicio. Y estaba riquísimo todo. Cabe destacar el café africano, que estaba delicioso.

Antes, estuvimos viendo al cántabro Roberto Sánchez en el escenario grande, presidido por un león. El Rototom Sunsplash es un festival de música jamaicana. Pero lo que está presente es la cultura negra en todas sus vertientes. A fin de cuentas, el movimiento rastafari es claramente africanista. Y las banderas jamaicanas, que por supuesto están presentes, no eran tantas como las tricolores rojo, amarillo y verde. El concierto de Sánchez siguió adentrándonos en esa sensación de dejarse llevar por el balanceo de las olas mansas.

O no. Alguien, entre cerveza y cerveza, dio con la clave. “El reggae es una música lenta y rápida a la vez. Igual te relaja que te excita. Lo tiene todo al mismo tiempo”. Y así fue. Sin que pareciera que el sosiego hubiera desaparecido, todo era distinto. La gente bailaba sin parar, pasándoselo en grande. El acento del ritmo ya no era perezoso. Ya no tardaba en entrar un poco más tarde de la cuenta. Ahora lo hacía un poquito antes. Como si tuviera prisa. Pero seguía siendo el mismo. Éramos los demás los que habíamos cambiado.

Después de cenar, fue el turno de la actuación de Jimmy Cliff. El veterano cantante jamaicano hizo un impecable concierto de soul. Si no fuera por el omnipresente ritmo a contratiempo, hubiéramos podido decir que homenajeó a la Tamla Motown de Detroit, al sonido Stax de Memphis e, incluso, al de los estudios Muscle Shoals de Alabama, completando el triángulo mágico de la música negra norteamericana de los 60. También metió algunos gestos para la galería con su versión de Hakuna Matata, de Rivers of Babylon, o del éxito de Kool and the Gang, Boogie Nights que él rebautizó como Reggae Nights. Y, por supuesto, algunos de sus clásicos inmortales como Vietnam (adaptada a los tiempos que corren como Afganistan) y el inmortal Many Rivers too cross, que le catapultó al éxito mundial en 1972. Se echó de menos The harder they made. Pero Cliff estuvo simpático, activísimo todo el concierto y rodeado de enormes músicos y de dos niños bailarines quienes hacen intuir un largo y feliz futuro al reggae. Y, pese a los años, conserva una voz estupenda. Una gozada, vaya.

Tras finalizar el plato fuerte del escenario grande, el león no se fue a dormir. La magia del contratiempo le tenía reservada todavía mucho rato de música y baile por delante en las distintas carpas que jalonan el recinto de festivales. El descanso le llega cuando el reggae suena al arrullo del oleaje manso. Pero eso, visto lo visto, no ocurre por la noche.

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