Libros, cómics y juegos >> Enfoques, Portada

El año que buscamos la primavera en los libros

El escritor castellonense y autor del libro 'Otoño lejos del nido' (Suma de Letras), entre otros, rompe su silencio durante su confinamiento para traernos el verano.
Envía Envía
Imprimir Imprimir

Noticias relacionadas

Etiquetas

, ,

Llevo en silencio cuarenta días. Una cuarentena, vamos, la que nos ocupa a media población mundial. Silencio. Más allá de publicar una foto de un paellón de domingo, una mona de pascua en familia o una pizza casera, silencio. Más allá no ha salido de mi boca, o de mi pluma, en este caso, o de mi cámara, más que silencio. Y no logro comprender bien por qué. Hay tantos porqués, que esgrimir uno sería simplificar mucho esta situación que nos ha tocado vivir.

Tengo entrevistas por contestar en el correo; lo siento, de verdad. Tengo mails por responder, propuestas literarias virtuales; perdón por no atenderos como merecéis. Tengo vídeos que grabar donde se supone que he de hablar de libros, de literatura… propuestas de librerías, de mi grupo editorial, de ferias y clubs de lectura; lo siento también por desatender todas estas oportunidades de promoción. Pero creo que me encuentro como viviendo una tormenta desde un refugio, como si allá fuera la lluvia arreciara con sus rayos, o una extraña plaga amenazase, o como si aquella distopía que vi en Netflix en Navidad con cuarenta de fiebre se estuviese haciendo real, y me preparo, en silencio, para defender a mi familia de ‘los malos’ cuando todos los recursos se agoten.

Lluïsa dice que escribo novelas porque tengo la capacidad de ver la realidad de manera prismática. Con todas sus ramificaciones y posibilidades, con toda su complejidad de manera instantánea. Puede que tenga razón, pero esta vez, esa visión multiplano de la vida me mantiene quieto, en silencio. Observante como un felino. Sereno, pero alerta. Preparado, pero calmo. Tampoco hay tiempo para mucho más, porque me debo a mis alumnos y alumnas; unos se juegan el futuro de sus estudios en unas semanas en medio de una pandemia mundial que calla la boca a los expertos. Otros, los más jóvenes, me empujan a seguir, desde mi silencio, escribiendo; se trata de una novela juvenil por entregas que les sirve de lectura y de repaso de contenidos asumidos ya. Una ficción que escribo capítulo tras capítulo y cuyo objetivo es que viajen desde sus habitaciones, desde sus balcones, que vuelen amarrados a esas letras como si fuesen una especie de dragón que los llevará a secretos, playas, pseudopiratas, skateparks… cualquier cosa que me permita sacarlos a dar una vuelta por el mundo que debería haber sido en esta primavera-verano, y que no será, no como habíamos planeado. Y soy consciente de que algunos habrán perdido a algún familiar. Y entonces pienso en las muertes. Y comprendo que no vivimos una sola pandemia, sino 7625 millones de pandemias, una por cada habitante de la Tierra. Porque no hay que ser de la Escuela de Frankfurt para racionalizar que cada uno vivimos una realidad diferente, y que esta pandemia no es igual para todos.

Y llega Sant Jordi, el Día del Libro, la fiesta de la literatura… y me pilla cuidando de mi familia. Con mi pareja luchando contra su propio confinamiento dentro del confinamiento, su propio estado de alarma, que comenzó unas semanas antes del estado de alarma de todos. Y desde su enfermedad rara esta pandemia se vive diferente. Y a su lado también, un poco. Y con todo esto es más fácil recogerse hasta que pase el temporal. Disfrutando de los hijos. Padeciendo también su confinamiento. Aceptando que si el virus entra en la residencia de ancianos no volverás a ver a tu familiar querido. Preparándote también para lo peor. La muerte sólo me pilló desprevenido la primera vez. Desde mi primer día de vida creo que nunca me ha vuelto a engañar con su silencioso caminar. A pocas horas de nacer me arrebató lo que más necesitaba en el mundo. Así que uno siempre ha estado preparado para lo peor, por si acaso, porque lo peor es lo primero que conoció. Esto pasará, por supuesto, todo pasa. Pero no todo saldrá bien. Hay gente que no saldrá. Incluso puede que nosotros. Y frente a no existir, nada adquiere la menor relevancia.

Mi pequeña lucha contra el virus, tras pensarlo mucho, va encaminada a hacerlo desaparecer de la faz de la Tierra. ¿Creen que no se puede? Hay un modo, la ficción. Por eso, cuando tenga tiempo de retomar la escritura de la novela que ambiento en el verano de 2020, todo continuará según lo previsto. Sin coronavirus. Apelando a una realidad paralela que ya no vamos a vivir, pero que existió en nuestra mente hasta que llegó la pandemia. Y si existió, con todas las programaciones culturales cerradas para primavera, verano y otoño, continúa existiendo en algún lugar. Y es en ese lugar donde mi novela continuará. Y en esa realidad habrá verano, y bailaremos en la Pacheca, y en el Naraniga, y en tantos otros, en l’Aplec dels Ports… y brindaremos, esperaremos al sol en la playa adormecidos, colgaremos guirnaldas de bombillas y veremos varietés en las fiestas de agosto de cualquier pueblo, puerto o barrio marinero. Por eso me resisto a cambiar mi novela. Me resisto a ceder a esto también. Me quedo en casa, voy a hacer la compra cubierto como si estuviese levantando barricadas en lugar de adquiriendo alimentos, no puedo dar clases de la única manera que las concibo, cara a cara, haciendo el gilipollas si hace falta si con ello estoy creando una emoción en un alumno que le ayude a aprender mejor, pero me resisto a dejar a mis personajes sin verano de 2020, me resisto a que mis lectores no viajen con mis páginas a aquel verano que seguramente no van a poder vivir. Así que ésta es mi pequeña insurrección. Mi dique de contención. Lo único que puedo hacer es lo único que sé hacer medio decentemente. Escribiré esta novela hasta el final porque para muchos no va a haber este año otro verano posible.

Tengo un recuerdo. Uno de esos tesoros que uno guarda en su cabeza lo más seguro que puede. El recuerdo es del mejor momento que viví el verano pasado. Me explico, cuando nació mi hija Eira, hace casi seis años, a los pocos días la llevamos a su primer concierto. El primero de cientos, porque a los dos o tres años había disfrutado desde óperas hasta punk, como debe ser. El caso es que su primer concierto habían sido Bandits en el Naraniga Platja al poco de nacer. Y el verano pasado, como cada año, casi, se iba a repetir. Y como siempre, no fallamos a la cita. Pues sepan que mi momento del verano pasado es ése. Enfrente del escenario, bailando con mi hija a hombros que alzaba los brazos como si pudiese bajar el firmamento, con una cerveza helada en la mano, bañado en sudor, la noche subiendo con la marea, y el sol huyendo como un bandolero. El atardecer con toda su épica trágica. Recuerdo vivirlo sabiendo que aquello era el verano, mi verano. Y que me llevaría el recuerdo a la tumba.

Desde ese recuerdo voy a seguir escribiendo mi próxima novela de verano, de playa, de surf, de cumbia y madrugada marina. Escribir es mi manera de vivir, no tengo otra. Estos días, en casa, hemos adoptado la costumbre de plantar las semillas de todo lo que comemos. Tenemos semilleros por todas partes. Bricks convertidos en macetas, hueveras, composteras en botellas… No hemos hablado de ello, pero creo que es nuestra manera de resistir. Lo que tenga que ser será, pero siempre tendremos semillas para volver a comenzar. Feliz Día del Libro.

Ángel Gil Cheza es autor de los libros Otoño lejos del nido (Suma de Letras, 2020), Pez en la hierba, La lluvia es una canción sin letra y El hombre que arreglaba las bicicletas.

Deja un comentario

He leído y acepto el Aviso Legal

Puedes consultar el tratamiento que hacemos de tus datos y la forma de ejercitar tus derechos en nuestra Política de Privacidad,