TEST 2017. La nueva creatividad hace memoria

Púbico 'enfrentándose' a la obra de Sergio Luna en el TEST'17. Foto: Amparo Más.

Una de las grandes particularidades de la Mostra d’art i creativitat de Vila-real, TEST, es la manera en que ha conseguido adherirse a Vila-real. Algo así como crear su propia inmortalidad. Cuando te diriges a conocer las exposiciones que dan vida a su quinta edición en el Convent, Espai d’Art de Vila-real es imposible no toparse con algunas de las intervenciones urbanas que marcan Vila-real; como la de Escif (edición 2013) en la calle Mestre Goterris; Sam3 (2014), que utilizó la medianera del Centro de Día de Alzheimer Molía la Vila; el proyecto de Borondo (2015) en la medianera de la avenida Portugal y, la más recientemente, la intervención de Felipe Pantone (2016) en el Pont de la Gallega. El encargado de dejar la huella de la quinta edición será el artista urbano Louis Lambert (3TTMAN), quien desarrollará su proyecto durante el mes de mayo.

Pero mientras Vila-real espera a Louis Lambert, la otra cara del TEST, la de las exposiciones, ya viste el Convent, Espai d’art de Vila-real*. Una quinta edición que presenta, como viene siendo habitual en el TEST, tres propuestas artísticas que van desde la fotografía y la pintura, hasta la instalación para enfrentarnos con los espacios, los físicos y los temporales. Sin olvidar una de las bases sobre las que se desarrolla el TEST edición tras edición, mostrando el trabajo de aquellos artistas emergentes que están en su proceso de crecimiento, tal y como escenifica su imagen con las macetas sobre las que crece el TEST.

Las macetas sobre las que se germina el TEST. Foto: Amparo Más.

Pascual Arnal, director del TEST, fue el encargado de presentar la quinta edición de la mostra el pasado sábado 29 de abril, en una inauguración que contó con la presencia de los tres artistas, protagonistas de una exposición colectiva que, tal y como remarcó, consigue que cada participante tenga su propio espacio y significado.

Cuatro piezas realizadas con tinta china por Sergio Luna en 'Álbum'. Foto: Amparo Más.

Puede que una de las propuestas más sorprendentes, tanto por la forma como por el contenido, sea la de Álbum de Sergio Luna. El propio artista coge una serie de fotografías de un álbum familiar y las reproduce, utilizando tinta china.  Dibujos que parecen querer salirse del papel y que recuerdan a aquellos álbumes y fotografías que ahora se describirían como un elemento retro, pero que eran la única forma de guardar los recuerdos (ahora parece que de eso se encargan las memorias de los smartphone y las redes sociales). Porque precisamente de recuerdos habla Álbum, sobre aquello que queremos conservar a través de la fotografía. Sergio Luna consigue que la experiencia del público con su obra acabe siendo familiar, que seamos capaces de vernos reflejados en ese deseo por conservar momentos a través de las imágenes. Porque todos tenemos nuestro álbum familiar, como el que Sergio Luna recupera. Además la fotografía también adquiere otro protagonismo a través de elementos externos propios de ella, como la reproducción de texturas, reversos y papeles, hasta cámaras antiguas o la propia acción de fotografías. De recuperar, de inmortalizar.

Una de las obras expuestas de Sergio Luna que llama la atención son los dos retratos individuales de una mujer y un hombre, que parecen perseguirnos con la mirada durante toda la exposición. Incluso cuando nos encontramos con las fotografías de Carlos Aguilera en La general. Es uno de los artistas más jóvenes que han pasado por el TEST (24 años) y su propuesta artística nace de algo tan aparentemente sencillo y cotidiano como complejo. La general es una recopilación de fotografías que Carlos Aguilera ha tomado de distintos objetos, personas y situaciones que rodean la carretera que cruza el pueblo en el que vivía de pequeño. De una forma limpia y elegante, consigue que los objetos adquieran otro significado. Nos enseña que una carretera por la que podemos pasar diariamente tiene, en realidad, ciertas particularidades. Como todo en la vida. Restos de una traca, un spray viejo, tubos, animales,… Esos objetos cuentan cosas sobre aquel lugar. En cierta manera, tal y como hacen las reproducciones de Sergio Luna de su álbum familiar.

Público frente a una de las fotografías de Carlos Aguilera en 'La general'. Foto: Amparo Más.

Y al final de la sala encontramos Statement, la propuesta de Agustín Serisuelo. Utiliza la fotografía como herramienta para analizar el paisaje, pero la altera a su antojo y la dota de un nuevo simbolismo creando estructuras de las propias estructuras. Parece un trabalenguas, pero es más bien algo parecido a un trabajo de investigación. Agustín Serisuelo, como el propio Pascual Arnal destacaba durante la inauguración, muestra “los espacios antes de que sean sitios”. Juega con las percepciones y los significados, dividiendo esos espacios. Casi triturándolos. Pero, a la vez, uniéndolos, mostrando de qué manera esos espacios, que aún no son un lugar, se apoderan de la naturaleza. Y viceversa. En Statement también cabe destacar de qué manera el artista juega con la iluminación para destacar distintos rasgos de su propuesta. Dota a su espacio expositivo con una iluminación propia y diferente a la del resto del Convent, Espai d’Art, consiguiendo crear una sensación de frío.

Uno de los espacios fragmentados de Agustín Serisuelo en 'Statement'. Foto: Amparo Más.

*Las exposiciones colectivas del TEST 2017 en el Convent, Espai d’Art de Vila-real permanecerán abiertas al público hasta el 2 de julio (de martes a miércoles de 17.00 a 20.00 y los sábados de 10.00 a 13.00 y de 17.00 a 20.00); con entrada libre.

Un viaje introspectivo con Matt Elliott y Sacromonte en el estreno de 'Encontres Musicals' en el Menador

Matt Elliott en la sala de conciertos del Menador Espai Cultural. Foto: Amparo Más.

La sala de conciertos del Menador Espai Cultural se quedó casi sin luces muy pocos minutos después de las 19:30. Casi, porque entre la oscuridad y el reflejo de la luz de la sala de actos contigua, unos focos azules iluminaban un escenario que se convirtió en altar. El concierto, dentro del ciclo Encontres Musicals -que hasta ahora se celebraba en la Llotja del Cànem- organizado por Born! y el Servei d’Activitats Socioculturals de la UJI, contó con el proyecto experimental del castellonese Alberto Lucendo, bajo el pseudónimo Sacromonte, y la hipnótica música del inglés Matt Elliott. Un músico de Castellón y otro invitado, dos voces para una misma lengua, que consiguieron crear una atmósfera única en la sala del nuevo espacio cultural.

El miércoles, ambos artistas ya compartieron escenario en la Sala Clamores de Madrid. Pero el contexto, aquí, fue diferente. Las características de la sala convirtieron el encuentro en algo íntimo y cercano. Los artistas tocaron solos, el de Castellón primero y el de Bristol después, enfrentándose a todo un espacio vacío arriba del escenario que pareció desaparecer al empezar las actuaciones. Delante, algo más de medio centenar de personas. Entre el público podía verse gente de diferentes edades, incluso había quien llevó a sus hijos. Pero todos con algo en común: respeto y silencio, dejándose llevar por las hechizantes melodías de los músicos. El movimiento de entradas y salidas, sin embargo, no cesó durante las dos horas de actuación, y el suelo de la sala no dejaba de lamentar cada pisada con un ruido constante y molesto que se hizo presente durante las silenciosas transiciones. Pero al finalizar la actuación, invadió la sensación de haber acompañado a los músicos en su viaje. Uno introspectivo y extraño, pero lleno de emociones.

Alberto Lucendo, Sacromonte. Foto: Amparo Más.

Sacromonte jugaba en casa. Empezó frotando las cuerdas de su guitarra con un arco, y no dejó de jugar con su mesa de edición. Músico y técnico de sonido a partes iguales, Lucendo utilizó las técnicas de grabación como un instrumento más, persiguiendo ese sonido que quería alcanzar, sabiendo, parecía, perfectamente cuál era. Mezclas entre música y varias atmósferas, entrelazadas con el agudo y alargado timbre de voz del cantante, parecían interpretar algún tipo de obra extrasensorial. Tanto que el concierto se dirigía más a las emociones que a los oídos de los espectadores. Las imágenes de fondo, totalmente atmosféricas, no hacían sino ayudar a alejar al público de la sala en la que estaban sentados y viajar por el camino que nos proponía Lucendo a través de sus propios mapas.

Su música parecía basarse en la intuición sin método, puramente emocional. Paisajes mentales que se convertían en enjambres de capas de diferentes efectos y sonidos. “Es música experimental”, se escuchaba por las líneas del fondo. De algo no hay duda, el nuevo proyecto del joven castellonense, Rime, rompe con el hilo musical popero y rockero de antaño, sin bases rítmicas y jugando en el imaginario del público.

Cuando Matt Elliott sube al escenario el resto del mundo desaparece. “The right to cry” fue la canción elegida para abrir una intervención en la que regaló esa extraña fluidez tan suya, bailando entra la suavidad más grave y la potencia más aguda. Temas largos, cíclicos, rítmicos e hipnóticos, empezando cada uno con la sencillez del matrimonio guitarra y voz, que poco tardaba en transformarse en su propio entramado de capas y voces. Un mismo artista, un escenario, una guitarra, una flauta y sus ya clásicos pedales, que parecían un grupo de varias voces, dos guitarras y algún instrumento de viento. Elliott jugó con su propias tonalidades de voz, dejando que su estrato más grave resonara en el silencio del punteo de guitarra, y danzando entre armonías de distinto grado en las partes más potentes con estallidos de fuerza que parecían incontrolables.

Matt Elliott. Foto: Amparo Más.

El de Bristol se bastó con una silla en un lateral para llenar no solo el escenario, sino toda la sala. No parecía ver nada más que sus pedales para los bucles de guitarra y poder doblar las voces. Lo que sí que era incuestionable era la existencia de una especie de barrera simbólica, de separación de mundos, entre Elliott y el resto del universo, cuando éste se hundía en sí mismo. Una barrera solo derrumbada entre canción y canción, momentos en los que aprovechaba hablar con el público y afinar una y otra vez una guitarra exhausta tras los envites de furia propios de los momentos más álgidos de sus temas, sobre todo tras “Zugzwang”. Pero la barrera era interpretativa, no sensorial, puesto que pareció alcanzar de lleno a todo el público con su martilleo cíclico, sin dejar descansar la guitarra. Era tan difícil no vibrar con Elliott como que él no lo hiciera consigo mismo, sobretodo en los tramos de punteo de guitarra, durante los cuales él parecía disfrutar y estremecerse más que un público que ya lo estaba haciendo.

Antes de terminar con una versión del tema “Bang Bang (my baby shot me down)”, Elliott invitó a Sacromonte a subir al escenario. Podría haber sido un desastre, avisaba el inglés. Pero el resultado convenció. La guitarra de Elliott parecía danzar y saltar entre las escurridizas superficies que los efectos sonoras de la mesa de mezclas de Sacromonte ofrecía. Un conjunto de improvisaciones que volvía a apelar más a las sensaciones que a los oídos y con el que se llegaba al final de un viaje en el que el público entró en esa otra realidad donde se escondían los miedos y emociones de ambos músicos. Esa otra realidad tan suya y, ahora, un poquito más de todos.

Sacromonte y Elliott actuaron juntos en los instantes finales de la sesión de Encontres Musicals. Foto: Amparo Más.