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Vicent Carda lleva la memoria de los naranjos al Museu de Belles Arts: "Arrancar el campo fue un proceso de duelo"

Como si de un campo de naranjos se tratase, Vicent Carda ha llenado el Museu de Belles Arts de Castelló de ramas, sombras y recuerdos. Proceden de los árboles que cultivó durante años en Borriana y que acabaría arrancando. De aquella pérdida nace 'Terra erma', exposición que reflexiona sobre la transformación del paisaje agrícola valenciano, la desaparición progresiva de la cultura rural y el futuro del territorio.
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Carda reflexiona sobre la transformación del paisaje agrícola valenciano en su obra. Foto: Carme Ripollès.

Las ramas de un campo de naranjos de les Alqueries de Santa Bàrbara, en Borriana, han encontrado un nuevo lugar en el Museu de Belles Arts de Castelló. Suspendidas en el aire y acompañadas por sus réplicas de bronce, todas ellas forman Terra Erma, la nueva exposición de Vicent Carda (Borriana, 1962) que busca reflexionar sobre la transformación del paisaje agrícola valenciana y la memoria vinculada al mundo rural.

La muestra, que puede visitarse hasta el 11 de octubre en la Sala Vestíbul, cierra una trilogía iniciada en 2022 a partir de una experiencia personal: la pérdida del campo de naranjas que el propio artista cultivó durante años. A través de sus mismas ramas, fotografías y otros elementos vinculados al territorio, Carda construye una instalación inmersiva que invita a pensar precisamente en la desaparición progresiva del campo y las transformaciones sociales y económicas que la acompañan. Terra erma se pregunta qué queremos conservar, qué agricultura queremos y cómo queremos alimentarnos.

La exposición llega después de proyectos como Arqueología del paisaje, presentado en La Mercería de València, y La lleugeresa de la cendra, exhibido en la galería Cànem de Castelló. Tres capítulos de una misma investigación que, en realidad, no termina. “Llevo 30 años viviendo en València, pero sigo yendo a Borriana, porque muy a menudo necesito volver para pisar esa tierra que recorrí durante mi infancia y adolescencia”, cuenta Carda, quien asegura que seguirá trabajando sobre ese territorio. Un paisaje que todavía define muchas localidades valencianas, pero que hoy se enfrenta al abandono de tierras, la pérdida de rentabilidad agrícola y una relación cada vez más frágil entre la comunidad y su entorno.

>Las naranjas o las flores de azahar se asocian a una imagen muy concreta de nuestro territorio. ¿Qué es lo que tú ves ahora en ese paisaje?

No veo tanto esa parte idílica o ese pasado. Mi proyecto habla más del presente y de lo que puede ser el futuro. Soy más pesimista que optimista, porque el proyecto parte de una premisa: la pérdida de un territorio. La pérdida de una tierra que era productiva y que, de la noche a la mañana, decido arrancar porque deja de serlo.

El nombre de la exposición ya apunta en esa dirección: Terra erma es una tierra no productiva, una tierra perdida. Por tanto, el proyecto, que arranca en 2022 y que ahora culmina, cuestiona qué es nuestro territorio y qué está suponiendo la pérdida de ese territorio, sobre todo para el uso agrícola y, en este caso, para la citricultura. También habla de la pérdida de ese mundo, de la falta de incorporación de gente al ámbito rural y, por tanto, de la desaparición progresiva de la cultura rural. Todo ello tiene, indudablemente, un componente de memoria, porque es un trabajo y un proyecto que yo he vivido: primero plantando los naranjos, después trabajándolos y construyendo lo que era el campo.

'Terra erma' pone fin a una trilogía expositiva sobre la transformación del paisaje agrícola valenciano iniciada en 2024. Foto: Carme Ripollès.

>¿Recuerdas cuándo empezaste a percibir que aquel paisaje que habías conocido estaba cambiando?

Sí, hay dos factores que marcan mucho esa pérdida del territorio. Por una parte, la aparición de los famosos PAI. Ahí ya se produce un abandono de los campos. Mucha gente deja de cultivarlos, entre otras cosas porque pensaba que allí acabaría construyéndose una urbanización o una carretera. Y, por otra, la falta de rentabilidad del campo y el relevo generacional. Es decir, hay poca gente joven que se dedique a la agricultura y pocos herederos que hayan continuado el oficio de sus padres agricultores.

Por tanto, se juntan muchos factores que hacen que, poco a poco, el campo se vaya abandonando. Al fin y al cabo, lo que pretende el proyecto es generar preguntas: ¿qué agricultura queremos?, ¿cómo queremos alimentarnos? Creo que es una exposición que abre un paréntesis y plantea una serie de cuestiones sobre hacia dónde queremos ir y qué futuro queremos para nuestro territorio.

Porque aquí intervienen muchos aspectos: no solo el mantenimiento del paisaje y del territorio, sino también la forma en que queremos producir y consumir nuestros alimentos.

>¿Cómo ha sido llevar ese mismo territorio hasta el museo?
Cuando me propusieron hacer la exposición, les dije que sí, pero también les dije que, indudablemente, iba a hacer algo que hasta ese momento esta sala no había acogido: una instalación. El espacio me gustaba, entre otras cosas, porque estamos en un corredor. Es un lugar de paso, y quería que fuera una exposición de paso, como si estuvieras dentro del trazado del campo: en una parte hay naranjos y en la otra parte también hay naranjos. Y el montaje tiene esa estructura.

Agrupamos las ramas, tanto las naturales como las manipuladas, para crear contrastes entre lo natural y lo industrial, o lo artesanal, y las agrupamos como si fueran un naranjo. Están distribuidas como antes se plantaban los campos, teniendo en cuenta lo que se conocía como el «cinco de oros». Es decir, dos hileras y, en medio, cuatro naranjos y otro naranjo.

Además, intentamos iluminar aquellas partes donde están las piezas para que la proyección de la luz creara una continuidad de la obra, como si fuera un dibujo en la pared, y para que conectara con el friso donde hay dibujos sobre papel japonés. Es decir, que todo tuviera una continuidad.

Foto: Carme Ripollès.

>Las ramas del naranjo conviven con piezas de bronce que permanecen inalterables. ¿También quieres hablar de lo efímero y lo permanente?

Sí, exactamente. No solo es un diálogo entre la parte natural y la parte más artesanal o industrial, sino que también, con el paso del tiempo, como la exposición estará hasta noviembre, las hojas irán cayendo y se hará visible esa pérdida del árbol, es decir, del territorio y de la cultura rural.

>Tus obras parten de experiencias muy personales. ¿Te interesa que esos recuerdos íntimos conecten pues con una memoria colectiva?
Álvaro de los Ángeles, que ya comisarió la primera muestra, me decía que para hacer este tipo de exposiciones, a menudo hay que vivirlas, porque si no se te escapan muchos detalles. A mí el proyecto me ha servido para cerrar un círculo. Al principio fue casi como un proceso de duelo por la pérdida que supuso arrancar el campo, por ir allí y no ver los naranjos. Pasé un duelo por todo lo que había significado. Y, además, es una exposición que habla de la historia y, sobre todo, de la historia familiar. Cuando tenía el huerto, quienes me ayudaron fueron mi padre y mi madre: haciendo los quemadores, injertando, quemando, apuntalando… Es decir, realizando todas las tareas que requería el campo.

Recuerdo que la primera vez, cuando Nacho de la galería La Mercería, me lo propuso, lo que le dije fue que era una exposición muy personal y que no sabía si podría entenderse o no. Porque el quemador era la base de la exposición y tenía esa vertiente tan íntima, familiar y ligada a la memoria.

Vicent Carda lleva décadas investigando, a través del dibujo, la instalación y la escultura. Foto: Carme Ripollès.

>Pero, al mismo tiempo, conecta rápidamente con una pérdida que muchas familias también han vivido. ¿Qué te ha dicho la gente?

Sí, además el hecho de que la trilogía termine en Castellón ayuda, porque estamos hablando de algo cercano. Que empezara en Valencia, que después volviera a Castellón y que ahora se haya ido cerrando la trilogía aquí, en Castellón, ha estado bien. Porque, en el fondo, es eso: cerrar el círculo en casa.

Por otra parte, mucha gente me ha comentado que es una exposición zen, muy espiritual. Y la verdad es que, cuando una persona va al campo o está en la naturaleza, hay un componente muy zen, de tranquilidad y de silencio, de estar tú frente a todo ese espacio.

>También, en un momento en el que todo es inmediato, ¿hay algo de resistencia en esa manera de trabajar desde la calma y la conciencia?
Sí, es una exposición que tiene como propósito final abrir una serie de preguntas. Y, sobre todo, abrirlas no solo desde la calma, sino también desde la conciencia individual. El trabajo en el campo es muy duro y nunca ha sido valorado. Y el campo, en ciertas comarcas, lo ha sido todo. Basta con ver Borriana: si tiene modernismo y una serie de elementos patrimoniales, es gracias a la naranja. Lo que se hizo en su momento sería imposible ahora.

Pero no busco la nostalgia; hablo del hecho de que estamos en una transformación continua de la sociedad, del territorio y de nuestras vidas. Lo único que intento cuestionar es hacia dónde queremos que vaya esa transformación. ¿Queremos que haya grandes explotaciones citrícolas, que son lo rentable, sostenidas por una mano de obra precaria y barata, desempeñada por personas inmigrantes porque la gente de aquí ya no quiere ir al campo? Es un tema que cierro aquí, con esta trilogía, con este proyecto, pero probablemente seguiré hablando del territorio y cuestionando hacia dónde va.

Foto: Carme Ripollès.

>Después de cerrar esta trilogía, ¿qué sigue vinculándote a ese territorio?
Llevo 30 años viviendo en València, pero sigo yendo a Borriana, porque muy a menudo necesito volver para pisar esa tierra que recorrí durante mi infancia y adolescencia. Tener un lugar al que regresar. Y, por tanto, creo que seguiré trabajando por ahí, en torno a ese territorio.

>Si aplicamos esa misma mirada sobre el paso del tiempo al contexto artístico, ¿qué dirías que está cambiando?
Bueno, yo, que tengo una empresa de montaje de exposiciones, tengo que decir que hay propuestas muy valiosas. Hay gente joven que está haciendo cosas muy interesantes. Lo que ocurre es que el arte, como la cultura en general, es política. A mí me gusta más un arte comprometido, que cuestione la sociedad, que no un arte decorativo.

Y, dentro de lo que te estoy comentando, creo que hay personas que están realizando trabajos muy sólidos. Gente de Castellón que no vive en la provincia, pero que está haciendo cosas vinculadas al territorio, a las políticas de género, al medio ambiente, a la sostenibilidad… Por tanto, sí que hay un peso importante de personas que están trabajando de una manera seria y aportando cosas valiosas.

Es cierto que, como siempre, es un sector muy precario. Y la mayoría de los artistas tienen otra actividad profesional porque, de lo contrario, sería imposible vivir de esto. Aunque siempre lo digo: después de Marcel Duchamp es muy difícil hacer algo nuevo. Ahora bien, los referentes y los maestros siempre tienen que estar ahí, y después cada uno aporta su propio toque.

Las fotografías muestran el campo de naranjos del propio artista, hoy convertido en el origen de 'Terra erma'. Foto: Carme Ripollès.

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