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La danza como terapia juvenil. A propósito de ‘Five days to dance’ ante su estreno en el Paranimf de la UJI

Dos coreógrafos. Decenas de alumnos de instituto. Un espectáculo de danza. Cinco días para prepararlo. Un reto dentro de una institución educativa donde las dudas en torno a cómo enseñar, la marginalidad juvenil y la dificultad de encontrar el drama en la realidad para llevarlo al final logran un choque de fuerzas expresado a través del ritmo, del baile y del montaje. 'Five days to dance', el documental codirigido por el castellonense Rafa Molés, llega el 22 y el 23 de noviembre al Paranimf de la UJI tras ser seleccionado en festivales internacionales como San Sebastián, Docs Barcelona y DocsDF México y estrenarse en 50 salas de España.
  
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No es la primera vez que lo escuchamos: “la música sirve para expresar nuestros sentimientos, para liberarnos”. Tampoco será la última vez que esta frase llegue a nuestros oídos, pues como intenta demostrar el documental Five days to dance (2014), la danza coral es la terapia más saludable para superar nuestros conflictos internos y sociales, especialmente durante la adolescencia.

El film del alqueriense Rafa Molés, profesor de Comunicación en la UJI y ex periodista de Canal 9, y Pepe Andreu; con la música de los castellonenses Montefuji y el cartel de la ilustradora vila-realense Paula Bonet, tal como desgranamos en Nomepierdoniuna, llega al Paranimf de la UJI el fin de semana del 22 y 23 de noviembre (19:30, 3,5 € la entrada) tras pasar por festivales tan importantes como el de San Sebastián, el Docs Barcelona y DocsDF en México, y ser estrenada a comienzo de este mes en 50 salas de toda España en paralelo a su éxito en la plataforma Filmin.

La película documenta el reto de los coreógrafos Wilfried Van Poppel y Amaya Lubeigt de intentar montar un espectáculo de danza en cinco días con alumnos de instituto, la mayoría de los cuales no han dado un paso de baile en su vida. El proceso será un viaje de autodescubrimiento tanto por parte de los alumnos como de los profesores, que ante una experiencia nueva se sienten inseguros pero decididos a realizar(se) a si mismos y desarrollar nuevos métodos educativos.

Actuacion final del taller de danza que narra el documental ‘Five Days to Dance’.

Los realizadores comienzan el documental intentando ofrecer una mirada analítica, siguiendo el estilo del cine directo, en la que no “intervienen” y se “limitan” a filmar los hechos que supone la llegada de estos coreógrafos a un instituto de San Sebastián: los profesores discutiendo el interés de la propuesta, los alumnos comentando entre ellos lo que puede suponer, los coreógrafos preparándose para su primer trabajo de este tipo en España, etc. Pero pronto, puede que por cierto escepticismo acerca del peso dramático que pueda surgir de filmar esta realidad, o el interés de ofrecer algo más ameno y complaciente, tanto para el público como para Poppel y Lubeigt, el documental pasa a sostenerse con las voces de diferentes narradores entrevistados.

Esta es la mayor debilidad del film, pues los maestros de danza no cesan de repetir los beneficios que supone su trabajo para los chicos y chicas en esta fase de crecimiento. Tampoco hace un gran favor la selección de chavales protagonistas: el obeso con problemas sociales, la pesimista aspirante a modelo, la joven que dejó el instituto y decide volver para resolver sus problemas, el chico negro, el “machito” guaperas jugador de rugby al que la danza le parece algo un tanto ridículo, etc. Sus comentarios en primera persona, los lloros de alguno que otro, y el seguimiento episódico e irregular, como si sólo tuvieran interés en su punto de partida pero no en su evolución, hacen que estos personajes melodramaticen un documental con unas posibilidades de análisis de una pequeña sociedad, como es el instituto, muy interesantes.

El cartel, diseñado por Paula Bonet.

Y ese es el punto fuerte del film. Ver cómo bajo el guión hay toda una serie de matices y problemáticas que afectan a todas las capas de una institución educativa. En un intento sincero de ofrecer los dos lados de la moneda, uno de los educadores habla sobre las dudas que este pequeño proyecto posee. ¿Servirá realmente para cambiar los roles que cada uno tiene en su clase? Puede que sí, pero solo por un tiempo. Pero que vaya más allá de eso tampoco interesa mucho. Interesa el momento. Un momento que rompe con los esquema educativos, excesivamente rígidos y pasivos a los que se someten los estudiantes. Los profesores son muy críticos con esta situación y, aunque comienzan dudando, terminan por reconocer que sí, que los alumnos necesitan este tipo de actividades para descubrirse como personas, para madurar y aprender como sociedad. Estar horas sentados con la única preocupación de aprobar le quita la iniciativa creativa a cualquiera y le pone una máscara de vergüenza que en la madurez es complicada de borrar.

También estamos presentes ante las dificultades de adaptación que siguen teniendo jóvenes con problemas de obesidad. El film no entra en como éstos se van integrando en el grupo, pero nos dice que están ahí, presentes, y que se van integrando. También está presente la otra parte, la de las chicas guapas que se ponen en primera fila “por que yo lo valgo” y se les ve “actuar” para la cámara: su rostro serio a lo Sofía Loren, la mirada perdida a lo Scarlett Johansson en Lost in Translation… como la juventud tiene un imaginario audiovisual-social que aunque no conozca por la fuente de origen le guía en sus comportamientos a la hora de querer transmitir algo cuando hay una cámara delante.

Pero, de la misma manera que se quiere integrar a estos chicos a perder sus miedos y su vergüenza, en algunos momentos vemos cómo se les fuerza a realizar una práctica por la que no quieren pasar. “Me pondré muy triste si no participáis”, les conmina a apuntarse la directora del centro, o “estoy aquí porque mi padre quiso”, espeta un alumno. Nunca sabremos a quienes realmente ayudó este terapia de grupo a modo de danza, por lo que tampoco sabremos si había que respetar la decisión de unos jóvenes a los que ese tipo de integración les resulta dolorosa tanto física como emocionalmente. Que es para su bien participar, puede que sí, pero el obligarlos a hacerlo en una actividad que se considera voluntaria también podría considerarse un cierto adoctrinamiento.

El alqueriense Rafa Molés charla con el equipo de producción durante el rodaje del documental.

Este tipo de cuestiones se van colando por un tejido narrativo sostenido gracias a un laborioso montaje que hace de la película una prueba a contrarreloj, que aunque ya sabemos como terminará nos lleva con buen ritmo e interés día tras día. La música de Montefuji, funcional para el caso, es sólida y también destaca en su presencia, generando los sentimientos que se intentan transmitir con las imágenes.

Alzar las manos e intentar tocar el cielo, ese el objetivo de los alumnos y de los coreógrafos, para quienes ese cielo metaforiza la libertad que pueden lograr a través de la danza. Un baile que critica una educación pasiva que no atiende a la marginación. Una película que, de manera sencilla y consciente de sus posibilidades, logra expresar la decadencia de un sistema del que tenemos que escapar, algo así como lo que Poppel y Amaya Lubeigt intentan ejemplificar en su espectáculo de danza contemporánea con el que se cierra la película y que los alumnos han conseguido lograr con un “progresa adecuadamente”. O con un abrazo y dos besos, según el método que decidamos impartir.

Más artículos de Adrián Tomás Samit, en su blog de cine Anuncios para coches.

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