
Franz Ferdinand volvió a conectar con un FIB que sigue buscando el encuadre. Foto: Carme Ripollés.
Mientras escribimos esta crónica suenan en bucle los últimos discos de Death Cab for Cutie, Charli XCX o Maria Arnal. Y no podemos dejar de pensar que, seguramente, en el FIB del 30º aniversario que hubiéramos imaginado no hace muchos años ese tipo de artistas que tanto apetece ver en directo podrían haber actuado perfectamente en Benicàssim el fin de semana pasado. Son solo tres ejemplos, ya me entiendes. Pero nos hemos de conformar –problemas del primer mundo- con haber escuchado, de voz de sus autores y no en uno de esos tributos que lo invaden todo, el “Breathe” de The Prodigy, el “Take Me Out” de Franz Ferdinand, el “Are You Gonna Be My Girl” de Jet, el “Many of Horror” de Biffy Clyro, el “Murder on the Dancefloor” de Sophie Ellis-Bextor, el “Yo de mayor quiero ser yo” de Rata... y sí, “El fin del mundo” de La La Love You; también su versión de “Mi vida rosa”. Oye, y al final, aunque la cosa efectivamente se puso muy vintage, pues terminamos disfrutando de un festival bastante llevadero. También porque había menos asistentes que otros años (según la organización, 135.000 acumulados durante los 3 días), sobre todo de fuera y, por tanto, había mucho menos follón en accesos, escenarios, barras, baños o juegos chorras en puestos de marcas. Y, aunque no debería ser noticia, de nuevo buen sonido en la mayoría de los conciertos y una zona digna y acondicionada para personas con movilidad reducida en el escenario principal. Todo bien si no fuera por un insoportable y preocupante calor, del que es imposible zafarse al aire libre. El FIB, en definitiva, sigue recalculando el encuadre para redefinir su identidad.

Simon Neil de Biffy Clyro, entregado a la causa. Foto: FIB.
Por poner solo una referencia de lo que podría haber sido, una de las actuaciones más destacadas de este año, la de Biffy Clyro, llegaba casi una década después de su anterior visita al FIB; en aquella edición, la de 2017, también pasaron por el escenario Red Hot Chili Peppers, con un lleno histórico de 50.000 personas en el recinto, The Weeknd, Dua Lipa, Liam Gallagher, Peter Doherty, Dinosaur Jr, Ride, Stormzy o Kasabian. Algo más cercano a, por ejemplo, el cartelón del último Mad Cool (Foo Fighters, Nick Cave, Pulp, Florence + The Machine, Moby, The Black Crowes, Jennie, The Warning, The Last Dinner Party, HotWax...), que a los cromos repetidos en los que ha ido quedando el Festival Internacional de Benicàssim; se entiende que por razones presupuestarias. Y teniendo en cuenta que todo no son los nombres, sino las sensaciones. Por cierto, ¿podrían, por favor, cambiar definitivamente el asfalto –ese que absorbe todo el solazo durante el día para regalárselo al público por la noche como si fuera suelo radiante- por el césped artificial que ya han instalado en la zona de restauración, como han hecho con buen criterio en todo el recinto del festi de Madrid?
Pero ya digo que la cosa finalmente se disfrutó, empapadxs en sudor, pero se disfrutó. Primero porque, con los que vienen, siempre sabemos montárnoslo bien. Y después porque, aunque cada vez cuesta más encontrarlas, siempre pasan cosas inesperadas. El año pasado la sorpresa fue otra, y mucho más ruidosa: artistas como Residente o Judeline cancelaron por la vinculación del festival con KKR, el fondo estadounidense con inversiones en empresas y proyectos inmobiliarios en asentamientos israelíes de los territorios palestinos ilegalmente ocupados (desde 2024 KKR es propietaria de Superstruct Entertainment, el grupo que a su vez es dueño de The Music Republic, la promotora que organiza el FIB desde que lo adquirió en 2019).

Jet rockeando al atardecer. Foto: FIB.
Este año no ha habido ninguna baja de última hora, ningún comunicado de un artista negándose a subirse al escenario. Pero que no haya habido ruido no significa que el problema se haya resuelto: simplemente ha dejado de estar en el foco. En Gaza la situación sigue siendo devastadora y, esta misma semana, ha habido enfrentamientos con muertos entre colonos y palestinos en Cisjordania. Esta vez esa realidad se ha colado en el FIB de forma mucho más discreta que en 2025: una pequeña concentración durante la segunda jornada, con un grupo de manifestantes pidiendo al Ayuntamiento que retire su apoyo institucional al festival mientras se mantenga esa relación empresarial. Parece que el FIB haya cambiado de piel, que aquella polémica quedó atrás, pero ese trasfondo sigue intacto. Decía Miguel Morán, uno de los fundadores del FIB, en una entrevista por el 30º aniversario: “No me gusta criticar ni juzgar a nadie, pero el festival no era sólo música”.
Volviendo a las sorpresas, las musicales, nos quedamos para empezar con el regreso de Jet, una banda de primeros de siglo con un directo repleto de energía y temazos, que podría presumirse como resultón y punto a priori pero que terminó cristalizando en un conciertazo. Rockeando al más puro estilo australiano guitarra en ristre (¿quién no se acuerda de AC/DC viéndolos en directo?), se apoderaron del anochecer de la última jornada del FIB y de su público a base de actitud y canciones, con los hermanos Cester conectando de principio a fin: el cantante, Nic (¿es clavado a Manuel Jabois o es cosa nuestra?), y el batería, Chris, con camiseta de la selección española en la víspera de la final del Campeonato del Mundo de fútbol.

Circa Waves, de todo corazón. Foto: FIB.
También sorprendieron Circa Waves, banda de Liverpool que llegaba con las heridas (literal) todavía frescas: su último disco, Death & Love, Pt. 1 (2025), nació después de que su cantante, Kieran Shudall, superara una operación de corazón de urgencia, y ese pulso entre la vida y la muerte se nota en un directo tan visceral y honesto como pegadizo. Y sin amplis. The Raytons, una de las actuaciones en escenarios secundarios con más público guiri, más enérgicas y con más fuego (literal). Niña Polaca, cada vez con más canciones y con una parroquia más grande y más entregada; Flowerovlove, con el pop chicloso y divertido de la carismática Joyce Cissé; o unos Rata que, aunque canten que “nunca van a estar de moda”, se les disfruta de maravilla y se les entiende todo pese a ser murcianos (con perdón); otro dúo que se multiplica por mil en directo.
Otra de las sorpresas llegó mirando al cielo, como invitaban las pantallas el último día: un enjambre de drones fue dibujando en el aire el logo del FIB entremezclado con la promo de Hulu, la última marca de Disney+. Publicidad e identidad de festival fundidas en una misma coreografía luminosa. Treinta años después, hasta las sorpresas vienen patrocinadas, en un FIB en el que la publi sigue invadiendo espacios, hasta en forma de gorras rollo Caja Rural.

Flowerovlove, con calcetín alto. Foto: Carme Ripollés.
Lo que no falló fue Franz Ferdinand, con un Alex Kapranos intacto, esa mezcla tan suya de energía y elegancia y prácticamente el mismo repertorio y formación que disfrutamos en el SanSan de 2025. Sorpresa no fue, pero nos lo bailamos como siempre y fue una de las cumbres de este FIB. Igual que la descomunal actuación de Biffy Clyro, probablemente el concierto más bestia del festival, con un Simon Neil que se desenvuelve por el escenario y se entrega al micro, a la guitarra, a la causa, como si cada canción fuera la última que le quedara por cantar. Entrega física y voz al límite en pantalón corto. Una década después de su última visita a Benicàssim, no dio la sensación de estar cumpliendo un trámite de gira, sino de estar jugándoselo todo en cada puente.

Sophie Ellis. Foto: FIB.
Y entre tanto revival de los dosmiles, también hubo espacio para la elegancia bailable de Sophie Ellis-Bextor, que convirtió su actuación en una pista de baile a cielo abierto sin necesidad de artificios. Carlangas, por su parte, demostró en directo lo mismo que en sus podcasts: la capacidad de ser divertido e interesante casi sin esfuerzo, mezclando rock, electrónica y ritmos bailables con esa desinhibición que le caracteriza. Y Santero y Los Muchachos, pese a moverse en un rock bastante canónico sobre el papel (que a priori podría echar para atrás por exceso de pose rockista), tienen detrás una calidad técnica que se nota en cada detalle del directo, que mezclado con su oficio y complicidad con el público hace que rueden muy bien en directo.
En el capítulo de expectativas frustradas los argentinos Bandalos Chinos, a quienes les favoreció el adelanto de hora pero que no consiguieron salir de ese ambiente de música de crucero que apuntaba maneras pero que al final, ay... O esa incómoda sensación de cosas que ves disfrutar a la mayoría de la gente mientras tú no estás entendiendo nada: Fratellis. Lo tienen todo para que sí (buenos músicos escoceses con ganas de fiesta), pero a nuestros ojos se quedó en orquesta rutilante de fiestas mayores. Lo de Lori Meyers y Dorian ya lo hemos visto muchas -¿demasiadas?- veces.

Fuego en The Reytons y en el ambiente. Foto: Carme Ripollés.
El FIB recoge sus lonas puliendo miles de abonos sin cartel para 2027 a precios de saldo, algunos de los cuales se terminan malrevendiendo en las vísperas de la próxima edición, con un montón de deberes retrasados, pero también con algunos destellos de esperanza. El recinto, propiedad municipal desde 2020, ya ha cambiado los asquerosos baños químicos portátiles por aseos permanentes y ¡estaban limpios!, pero los accesos, caóticos y polvorientos, siguen igual y el asfalto haciendo de suelo radiante bajo el solazo de julio también.
También nos quedamos con la recuperación del sonido profesional (¿era tanto pedir que un festival de música con tres décadas de experiencia suene bien?), la racionalización de espacios, ese centro de escenario grande recuperado para el público, ese micro abierto que te da una alegría inesperada de camino a la cena, unas redes sociales oficiales más salerosas, un mejor trato general a las personas que van a trabajar al festival.
Treinta años dan para muchas ediciones doradas y para alguna que otra travesía por el desierto, y esta más bien fue de las segundas. Pero el FIB sigue siendo, pese a todo, el sitio donde muchos pirados de la música nos citamos por primera vez con una banda que nos mejoraría un poco la vida. Y ese poso no se borra con un cartel de transición ni con un fondo de inversión que, si no dan los números, soltará lastre. Esperemos que el festival vaya remontando económicamente, que el cartel recupere ambición y riesgo, y que dentro de unos años podamos hablar de esta edición como el bache antes de la reconstrucción. Al FIB lo queremos vivo y en Benicàssim.

Más césped como el de la zona de restauración, por favor. Foto: Carme Ripollés.

El concierto de Lori Meyers, repleto de público. Foto: Carme Ripollés.

La La Love You. Foto: Carme Ripollés.

La batalla desigual contra el calor. Foto: Carme Ripollés.

Hipnosis fibera. Foto: Carme Ripollés.