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Y a la hora en punto, Axl Rose dio la bienvenida a la jungla

Panorámica del escenario Costa de Fuego durante la actuación de Guns n'Roses. Fotos: Nacho Canós (Obturados).

Una de las incógnitas de esta primera edición del Costa de Fuego era saber cuánto tiempo de retraso iba a acumular la actuación de Guns n’Roses. Se recordaban desesperantes demoras de horas en algunos conciertos y esa inquietud flotaba en el recinto de conciertos de Benicàssim, aunque, a la vez, se confiaba en la puntualidad de la que siempre hace gala Maraworld en el FIB. Y a la hora de la verdad, Axl Rose y sus siete acompañantes salieron al escenario… en el momento previsto. Puntualidad británica la del chico de Lafayette (Indiana) que se hizo estrella desde Los Ángeles. A continuación, tres horas llenas de éxitos conocidos por todo el mundo en la escena rockera, temas épicos y solos, muchos solos. Demasiados solos.

Nadie se podrá quejar por la extensión de la actuación. Poco más de tres horas pasaron desde que comenzó a sonar la introducción de Massive Attack hasta que Axl dejó de descargar hits. Empezó defendiendo el “Chinese Democracy” para acto seguido enfervorizar al público que abarrotaba la explanada del escenario principal con su “Welcome to the Jungle”. Desde ese momento, se observó el interés que el vocalista tiene por difundir su controvertido Chinese Democracy, interpretando la mitad del álbum, y a la vez cómo mantiene un buen nivel de sus famosos agudos, pero dejando sus más flojas interpretaciones vocales justamente en los temas de su disco más famoso, Appetite for Destruction, que cumplía un cuarto de siglo de vida justo cuando los actuales Guns n’Roses actuaban en Benicàssim. Costó reconocer en su voz el “Mr. Brownstone” y quizás su mejor recreación del álbum clásico llegó con el vino barato “Nightrain”, ya bien avanzado el recital. Eso sí, fueron las canciones del célebre disco las más disfrutadas por el público, destacando, cómo no, el momento “Sweet child o’Mine”. Por el contrario, Axl parece sentirse más cómodo en los tonos serenos de los temas épicos que comenzó con “November Rain” y a los que tanto gusta acudir,… “Don’t Cry”, “Civil War” o canciones del Chinese Democracy, como ese “Street of Dreams”. Axl ya no es aquel joven que descargaba adrenalina por todos sus poros, pero tampoco se le puede achacar desidia en momento alguno. Cierto es que desaparece en numerosas ocasiones –muchas de ellas para cambiar de vestuario- pero esos respiros le hacen llegar sin problemas a las tres horas de directo sobre un escenario que toma por completo.

Su banda –tres guitarristas y dos teclistas incluidos- es solvente. Arrastra el problema de que sus integrantes son de quita y pon, según los deseos de Axl, y en consecuencia transmite cierta sensación de banda mercenaria. Y aunque sin un ápice del carisma de los clásicos ‘gunners’-sólo el teclista Dizzy Reed vivió la fase inmediatamente posterior al boom del Appetite for Destruction-, a Axl no le importa concederles protagonismo en solos e introducciones de canciones que lastran el resultado final, junto a temas de sus propios proyectos en solitario, como ocurrió con el bajista Tommy Stinson (ex Replacements) y el guitarrista Bumblefoot, protagonizando los dos momentos más punkies de la noche. Cada ejercicio de protagonismo individual llegó acompañado por la deserción de unos cuantos asistentes y dejó el concierto con una sensación de falta de continuidad, decayendo la adrenalina de manera considerable en esas demostraciones que sí, que demuestran la calidad individual del actual grupo, pero que no ayudan al global de la actuación.

En cuanto al veredicto del público,… como es normal, hubo de todo. La mayoría lo disfrutó viendo a una leyenda viva del rock and roll y a la propuesta que ahora defiende, dejando un buen apartado para los clásicos. Otros se quejaron de tanta parafernalia escénica y musical, añorando el espíritu furioso de los primeros Guns n’Roses. Pero esa banda de club ya hace más de veinte años que murió. El éxito la llevó al escalón de banda de estadio y eso, para bien y para mal, se traduce en excesos y síntomas de aburguesamiento, como la proyección de esos vídeos que aparecieron detrás del escenario, con modelos femeninas e imágenes que parecían sacadas del canal Divinity. Curiosamente, el momento más furioso correspondió a la interpretación del “Whole Lotta Rosie”, de cuando los AC/DC aún estaban en el largo camino hacia la cima de la fama, y también resaltó en este sentido la descarga de “Nightrain”, final del concierto antes de los bises, que además de las correspondientes introducciones, trajeron un homenaje a los Stones, “Dead flowers” –también los hubo para Paul McCartney, Bob Dylan e incluso Pink Floyd- o la bonita “Patience”, y dejaron el recinto de conciertos de Benicàssim como una “Paradise City”. En resumen, los actuales Guns n’Roses cumplieron con creces…. Quienes añoren el espíritu de los más clásicos, tendrán que buscarlos en los discos o en los vídeos de aquella época.

Pero no todo fue Guns n’Roses en la primera jornada del Costa de Fuego. Las primeras notas en la historia de este nuevo festival las dieron We Are The Ocean, coincidentes en la franja horaria con los castellonenses Dry River, que convirtieron el Jack Daniel’s Stage en una especie de sala de conciertos de la capital de la Plana, por la cantidad de caras conocidas. Ataviados como personajes circenses, repasaron una parte de su extenso El Circo de la Vida, con buen sonido y muchas ganas ante esta oportunidad de llevar a escena su rock progresivo. Poco después, los madrileños  Steel Horse dieron un concierto de heavy tradicional al estilo Accept, por poner un ejemplo.

Los castellonenses Dry River abrieron el escenario Jack Daniel’s.

El primer plato fuerte llegó con Amorphis. Actuar a las siete dela tarde, con el sol aún reinando, no parece el ámbito más adecuado para los finlandeses, pero éstos lo resolvieron con holgura, combinando temas de sus más duros inicios con incursiones más folk y progresivas como “My Kantele”. Satyricon trajeron el apartado black al festival. Aunque se han suavizado en relación a sus inicios, no dieron respiro, dejando más que satisfechos al público más extremo y un tanto indiferentes al resto una vez la puesta en escena, con Satyr maquillado al frente de un micrófono en forma de tridente. Angelus Apatrida les ganó la partida. El grupo de Albacete congregó a un número similar de espectadores, confirmándose como una de las principales referencias del metal español y con proyección internacional.  Provocaron el primer mosh pit del evento y se despidieron afirmando que se hace necesaria una “Thrash Revolución”.

Pero cuando de verdad se comenzó a observar una buena aglomeración de público frente al escenario principal fue cuando llegó el turno de Barón Rojo. El heavy tradicional tiene su sector fiel y ver a los hermanos De Castro siempre resulta un aliciente. Tiraron de clásicos, cantados en su mayoría por Carlos, y consiguieron que el "Barón volase sobre Benicàssim". El tema más coreado, "Cuerdas de acero".

Y acto seguido llegó uno de esos momentos de incertidumbre: casi a la vez, en tres escenarios, Uzzhuaïa, otros mitos del heavy español, Obús, y Paradise Lost. En muchos casos, la solución fue ver un trozo de cada uno de ellos. Los valencianos Uzzhuaïa llenaron el tercer escenario, el Jack Daniel’s, y tal como han hecho en otras visitas a Castellón, volvieron a demostrar que son una de las mejores bandas de rock nacionales, uniendo potencia, calidad y el toque de comercialidad para llegar a un gran público que, por ahora, aún se les resiste. Cohesionados, como siempre, con la voz de Pau brillando. Pero para voces carismáticas, la de Fortu. Su garganta de hormigón sigue rindiendo en clásicos que funcionaron hace treinta años. A diferencia de Barón Rojo, Obús siempre ha sido más de ir al grano, sin apenas amagos de virtuosismo y con la intención de "dar caña". Y a fe que lo consiguen. Bastante distinta es la propuesta de Paradise Lost. Tampoco buscan gustar por virtuosos, sino que se decantan por ritmos doom, góticos, melancólicos, ideales para tardes de gris otoño o días de invierno. Estuvieron sobrios, con la voz profunda de Nick Holmes, aunque no parece estar en su mejor momento.

El Obús estalló en Benicàssim con Fortu al frente.

Mientras actuaban los Guns n’Roses, Lacuna Coil descargaban Dark Adrenaline, con la siempre adrenalítica Cristina Scabbia al frente; y los vila-realenses Killus hacían otro tanto, en una emotiva actuación para ellos debido al reciente fallecimiento de David, amigo y colaborador de la banda en sus inicios. Aun así, no hubo piedad. Salieron a por todas y liaron una buena. Los momentos más densos de Guns n'Roses empujaron un importante sector del público al escenario Black Bikini, donde se encontró con una de las sorpresas de la noche: The Computers. De blanco impoluto, en contraste con el negro integral que imperó en todos los escenarios y entre el público, y con un repertorio sencillamente arrollador. La banda inglesa, con sólo un disco y varios singles en el mercado, pusieron el toque de hardcore, punk-rock y garage subido de revoluciones de la jornada. Lo disfrutaron como enanos los asistentes, de menos a más, y la propia banda, con excursión por el público incluida. Se salieron.

Y hoy, diez horas más de conciertos, con el ‘Reverendo’ Marilyn Manson como figura estelar y una segunda fila nórdica interesante, con In Flames, Nightwish, Katatonia y Opeth.