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Una vida en Paral·lel a la cultura de La Plana

En tiempos de la UJI (Universitat Jaume I), el premio de haber sido buen estudiante durante todo el año equivalía a veranos de playa y siesta. El curro de verano se convalidaba por una semana de poner pulseras a todo hijo o hija de británico, cuando el FIB molaba y los modernos de Burgos se cruzaban media España para venirse hasta la Costa de Azahar. Los caminos y huertos del recinto a pies del Desert de les Palmes se llenaban de raves y el Electrosplash metía a miles de personas en la playa del Gurugú con artistas como Ricardo Villalobos o Luke Slater.

Fueron años en los que la Code Magazine se repartía en los bares y sitios cool de Castelló, como la Queca o Fifty One, y yo le echaba una mano a Ismael Llopis en la edición y corrección de algún número. Me dieron una beca para trabajar en el periódico de la UJI y le cogí el gusto a eso de escribir en columnas para sacarme un poco de dinero. La cartera la vaciaba los fines de semana cuando Van Van y Zeppelin aterrizaron en las naves de Castalia y despegaron los primeros ritmos electrónicos en esta ciudad tantas veces dormida.

La escena fue evolucionando, pero el público de mi generación siguió fiel durante muchos años al peregrinaje más allá del Riu Sec. Una larga caminata que te llevaba a encontrarte con la sonrisa de Damian Herrera abriéndote las puertas del local y que podía acabar en una conversación de barra sobre el infrafútbol o las becas Erasmus con mi apreciado Enrique Ballester. No me perdía ni una. La de veces que habré estado en algún sarao organizado por Jamaican Memories, otro key player en traer sonidos y abrir horizontes de ocio en la terreta.

Pero entre conciertos y noches de baile también me dio tiempo a compartir escritorio en la sección de deportes con el gran Manolo Bosch en el extinto Heraldo de Castelló; o más tarde con Raúl Rubio y David Hernández, dos maestros de lujo, en Las Provincias. Pillé al equipo orellut en Segunda y en su mejor momento de los últimos años, escribía las crónicas desde Castalia y me pagaban por ello... ¿Qué más podía pedir un hooligan ilustrado?

Buenos tiempos y buenos recuerdos, pero Castelló puede llegar a quedarse pequeño, y entonces un día te marchas a vivir a Londres y vuelves casi diez años más tarde desde Berlín para instalarte -por el momento- en Barcelona. Desde fuera vi cómo se gestó y fue creciendo el proyecto de Nomepierdoniuna, un contenedor cultural que me devolvía a mi ciudad desde la distancia, me conectaba con mis raíces y me permitía seguir todo lo que se cocinaba en una ciudad de la que me he quejado muchas veces pero a la que siempre he seguido viniendo en busca de refugio.

No sé si por haber caído en la marmita de una tierra de festivales o por el hecho de no haberme perdido ni una en todo este tiempo, hace cinco años decidimos con unos amigos de Barcelona montar un festival de música techno, ambient y experimental en las montañas del Berguedà. Paral·lel Festival es un festival pequeño que nace precisamente en contraposición a las grandes citas de las que tanto he mamado. Un encuentro que atrae a gente de Japón, Australia o Estados Unidos, pero que también me permite reencontrarme con caras conocidas de La Plana a finales de cada verano. Hace poco mi padre me comentaba que hay unos terrenos en el interior de la provincia donde sería perfecto organizar un festival tipo Paral·lel. No tengo ninguna duda de que el equipo de Nomepierdoniuna estaría ahí para contárnoslo todo.

 

Fèlix Beltran es cofundador del festival Paral·lel y traductor freelance.