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¿Por qué lo llaman cariño cuando quieren decir dolor?

Borja Mompó defendiendo sus canciones en el pub Radiola. Foto: Galcerán de Born (Luzazul).

Modelo de Respuesta Polar nos ha regalado un trabajo demoledor y de largo recorrido, pero estamos preparados para aguantar y listos para saborear. La banda valenciana, con Borja Mompó a la cabeza, se merece disfrutarlo. Porque pone tanta verdad y originalidad en su música que recibirá, cuanto menos, el premio del reconocimiento.

Hay una evolución desde aquella Canción de culto de su primera demo (de la que aún sigo enamorado) a las diez joyas de este El cariño (Limbo Starr), que han ganado en sencillez y luminosidad, pero que duelen más a cada escucha. “Me he replanteado todo, el color de mis canciones”, dice el propio Mompó en "Toda la vida". Y es cierto: las melodías parecen más suaves, su voz y su guitarra, brillantes y sobresalientes; las canciones, muy desnudas. Está todo muy medido.

Por eso funciona tan bien (también) en acústico, como pudimos comprobar el pasado sábado en la sala Radiola de Castellón, una provincia que siempre les ha tratado como merecen. Mompó (guitarra y voz) presentó El cariño con la inestimable ayuda de Pau Paredes a los teclados (se suma a la banda tras la salida de Matías Entraigues) y también realizó alguna visita al pasado.

La desnudez musical del trabajo en estudio facilita las cosas en las distancias cortas. Y evidencian lo crudo de unas letras punzantes: “y tú te sientes tan realizada que me das asco. Te quiero” ("El cariño"); “y es interesante ver que ya ni hablamos, pero es que no puedo hacerlo. Es que no quiero ver cómo sonríes” ("El tiemblo"); “no quiero que aparezca de nuevo alguien mejor” ("Miedo"). Porque “los mejores años se acaban”, como recoge el último verso de la última canción del disco.

El cariño te acaricia y te mata. Y tú, incauto, en el fondo intuyes que va a pasar, pero no te puedes resistir... Te dejas atrapar por la voz de Mompó, por sus susurros iniciales y sus dulces silbidos de paseo dominical a pleno sol y, a la que te das cuenta, sube, sube y vuelve a subir. Y te rompe por dentro. Su voz tiene algo de hipnótico que provoca un silencio reverencial a la primera sílaba.

Quien quiera la estructura clásica (estrofa-estrofa-estribillo-solo de guitarra-estribillo) que mire hacia otro lado. Aquí cada canción es un mundo, un juego de formas y texturas, una investigación con afinaciones diversas, una tesis de intensidades. Y todo ello sin pretensión alguna, sin que se note. Nada de pose. Todo al servicio de la causa.

Tal vez por ello, por lo que debe costar parir y dar forma a joyas así, sólo han grabado 21 canciones en cinco años. En acústico funcionaron de perlas. Y en banda la cosa promete ser aún mejor. Esperemos que nos visiten en la gira de otoño. Mientras, seguiremos escuchando con miedo y devoción El cariño. Yo ya tengo el vinilo. Y lo guardo en el lugar que merece. Será, para siempre, uno de los míos. Y, para otros muchos, uno de los suyos.