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Morcillo El Bellaco: Es difícil olvidar

Morcillo (izquierda) y Joey Ramone bromean junto a Pedro López y Eduardo Guillot (derecha) el 9 de febrero de 1989 en Garage Valencia tras un concierto de Los Ramones en Arena. Foto: Manuel Noguera.

A finales de los ochenta todavía no me dedicaba profesionalmente a escribir. De hecho, combinaba las colaboraciones en algunas publicaciones (la mayoría, amateurs) con las funciones de manager, que me permitían estar en contacto directo con la música y subirme a la furgoneta con los grupos en cuanto tenía ocasión. Por entonces trabajaba a tiempo completo con Scooters, banda de sonido mod-punk con la que recorrí casi todo el país, en una época sin internet, festivales ni euforia indie.

A menudo, el modo de conseguir conciertos en algunas zonas de España pasaba por ponerse en manos de los agentes de zona, promotores locales que conocían mejor el terreno en algunas provincias donde trabajaban frecuentemente, y así fue como Scooters pasaron a formar parte del catálogo que ofrecía por Castellón un peculiar personaje llamado Carlos Rochi. Corrían muchas historias sobre su turbio pasado y lo cierto es que siempre nos pagaba cantidades ridículas, pero nos consiguió algunos conciertos con un grupo local con el que establecimos una inquebrantable amistad: Morcillo el Bellaco y los Rítmicos.

Era espectacular verlos en directo. A la energía de una banda compuesta por un puñado de chavales apenas salidos de la adolescencia (Juanki, Jose, Pedro) se unía la imponente presencia escénica de aquel tipo larguirucho, calvo como una bola de billar y algo más mayor, que se movía como un poseso y sacaba de su garganta unas notas inalcanzables para cualquier otro mortal. Como suele ocurrir, las horas de camerino y las salidas tras los conciertos fueron consolidando una relación que se prolongó a lo largo del tiempo. Además, Morcillo era un ferviente culé, algo que nos hizo conectar desde el principio, y tenía una actitud ante la vida y el negocio musical que se basaba en hacer siempre lo que le daba la gana, muchas veces sin tener en cuenta las consecuencias. Como suele decirse, se ponía el mundo por montera. Y, claro, a veces, había daños colaterales.

Uno de los mejores recuerdos suyos que conservo, por razones obvias, tuvo lugar el día de mi boda. Como hacen muchos otros que tienen amigos en el gremio musical, organizamos un concierto tras la ceremonia. Morcillo y los Rítmicos vinieron todos juntos, en furgoneta, como si fueran a un bolo. No soy capaz de recordar qué contenía la caja con su regalo, pero sí que era muy grande y venía envuelta en páginas de revistas porno. Lo más adecuado cuando abres los paquetes ante los respetables miembros de tu familia. Lo mejor, en todo caso, estaba por llegar, porque después se subieron al escenario y hasta mi mujer y yo mismo acabamos cantando con ellos “Voy a pedirte en matrimonio” (¿qué otra canción podíamos haber escogido?). La fiesta posterior, y su colofón, con la furgoneta encallada en la playa, a las tres de la tarde del día siguiente, con toda la troupe sin dormir y en busca de una paella, fue de las que se recuerdan para siempre.

Por aquella época fue también cuando parecía que los Ramones se iban a quedar a vivir en España, llegando a tocar varias veces en un escaso margen de tiempo en Valencia. En una de aquellas ocasiones, Morcillo y algunos amigos más de Castellón vinieron a verlos. Por una feliz casualidad de la vida, tras el concierto nos enteramos de que había un after party en la parte superior del Arena Auditorium, un club llamado Garage que había sido habilitado esa noche para acoger a algunos invitados tras el show. No sé cómo, pero de repente Morcillo, Pedro López (bajista de los Rítmicos) y yo mismo estábamos ante Joey Ramone, comentando la actuación. También andaba por allí el fotógrafo Manuel Noguera, que pudo inmortalizar un encuentro en el que, por supuesto, el protagonista fue Morcillo. Mientras Pedro y yo no nos creíamos la suerte de poder estar cara a cara con uno de nuestros ídolos, el bueno de Juan se sacó del bolsillo una polla de goma (sí, han leído bien: una polla de goma) y se la colocó en la nariz. Era un bromista nato, formaba parte de su manera de ser, estuviera delante Joey Ramone o el Papa de Roma.

El caso es que Joey vio la improvisada prótesis y, claro, se descojonó. Estuvieron jugueteando un rato con ella mientras Pedro y yo no dábamos crédito a lo que veíamos. Morcillo y Joey eran dos leyendas, en realidad jugaban en la misma liga (Ramones triunfaban entonces en España, pero nunca lograron el reconocimiento que merecían en Estados Unidos), y aquel momento irrepetible les unió por unos instantes. Ahora, los tres músicos con los que tuve la suerte de compartirlo son eternos.

Esta profesión es muy ingrata, pero a veces te otorga el privilegio de vivir episodios que lo compensan con creces. Dondequiera que estén ahora, seguro que siguen de juerga. Espero encontrármelos cuando vaya.