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Manel, festa plena

Manel, el pasado viernes en el Paranimf. Fotos: Galcerán de Born.

Manel se dio otro baño de masas, esta vez en el Paranimf de la UJI, repleto de un público que acabó en pie, cantando y bailando. Entregados. Tienen dos trabajos soberbios, con canciones de esas que seguramente soportarán a la perfección el paso del tiempo y muestran un feeling con el respetable que les hace aún más cercanos que esas letras, repletas de costumbrismo contemporáneo, que tanto juegan a su favor. Bromearon y pidieron volver en Magdalena (pero en fechas oficiales de la fiesta); otra forma de meterse a la gente en el bolsillo. En esta despedida de la gira estuvieron acompañados por siete músicos (viento-metal y cuerdas), lo que ayudó a trasladar al directo los arreglos sinfónicos del disco, y un esquema de luces pensado y trabajado, a juego con el concierto. Buen sonido en un buen escenario, un público entregado de antemano... Olía a éxito desde que entrabas por la puerta. Y lo fue, pero no absoluto.

No dio la sensación de un recital redondo. Tal vez fuera porque acudí a la UJI pasado de ganas de verles, pero lo cierto es que hubo detalles que no acabaron de cuadrar. Guillem Gisbert, frontman cercano y con una peculiar voz, se mostró atónico (no falto de voz, sino de tono) en algunos temas, como “La cançó del soldadet”, precedida por una intro realmente original.

No fue el único momento en el que la voz principal (o las de los coros) no acabaron de estar al sitio. Fueron sólo instantes, no un error que se arrastrara durante todo el recital (¿tal vez problemas de monitores?). A su vez, en “Gent normal” (la espléndida versión que hacen del “Common People” de Pulp) pasaron de 0 a 100 en apenas dos segundos, por lo que, en lugar de arrastrar a la parroquia, nos fueron dejando descolgados. También sonó rara la versión en directo de "Boomerang" (canción que juega como pocas con la tensión que genera ese clímax que se roza, pero que nunca se alcanza), aunque lo que menos agradó (al menos a mí) fue un detalle: acabaron (supuestamente) el concierto sin cantar “Benvolgut”. La gente pedía más pero... ¿!alguien dudaba de que iban a volver¡? Fueron dos bises de los programados, de los de mentira, y lo cierto es que Manel no necesitan este tipo de artificios para ganarse ovaciones extra: les sobra calidad.

Y, por último (y en eso nada tendrá que ver Manel, digo yo) se despidieron mientras, como acompañante en la recogida de chaquetas, se escuchaba en el Paranimf “Como una ola”, de Rocío Jurado. Hubo algunos silbidos, entremezclados con risas y miradas de incredulidad. Pero, sobre todo, con sonrisas de satisfacción y palmaditas en la espalda. Porque, anécdotas al margen, había muchas ganas de verles. Porque Manel es uno de esos grupos que empieza llamándote la atención para pasar a gustarte y acabar convirtiéndote en seguidor militante. Porque te sientes orgulloso de las cosas que hacen bien, de que les vayan las cosas bien. Porque los interiorizas tanto, que los haces propios.

Salvo lo expuesto, el recital nos codujo por caminos de seda hasta adentrarnos en el universo Manel. Llevados por buenos instrumentistas, los invitados y los de la propia banda (sobre todo, Arnau Vallvé, un gran baterista), fueron cayendo, gota a gota, casi todas las canciones de sus dos trabajos (Els millors professors europeus y 10 milles per veure una bona armadura) durante un recital de más de hora y media. Queremos más Manel y mejor. Es posible.