Arte, Música

Horse Lords en el EACC. Hercios y matemáticas

Los norteamericanos Horse Lords desplegaron su atronador y desconcertante juego de teoría musical aplicada en el regreso del ciclo EspaiSonor. MInimalismo con rudimentos rock, jazz basado en frecuencias de sonido, experimentación, repetición y asimetría. Una 'performance' entre la música y el arte sonoro de difícil descodificación.
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Los cuatro componentes de Horse Lords: de izquierda a derecha, Owen Gardner, Andrew Bernstein, Sam Haberman y Max Eilbacher.

Una obra de arte, en el sentido romántico del término, atiende a una serie de características asumidas de mutuo acuerdo según ha avanzado la historia. Una de esas características, que subyace al fin estético y que en el fondo es lo que lo pone a caminar, es la intención, el concepto, el leitmotiv intelectual que mueve esa obra. Se crea un universo complejo alrededor de esto, y en esos entresijos reflexivos, se pierde la etiqueta y los autores se liberan. El ciclo EspaiSonor del Espai d’Art Contemporani de Castelló (EACC) sirve para eso, para reivindicar y explorar la línea difusa entre producto o vanguardia, y en este caso concreto, entre música y arte sonoro.

El pasado miércoles 11 de octubre, el EACC habilitó una de sus salas para dar un concierto: Horse Lords, desde Baltimore (Maryland, EE. UU.) actuarían allí, bajo unos focos abrasivos y utilizando el parco equipo de sonido que el Espai d’Art puso a disposición de la banda, que tocaba a mayor volumen del que podían amplificar los altavoces encarados al público.

Destello en el bajo de Max Eilbacher, con los dos percusionistas tocando tras él.

La performace incluía batería y percusión varia (acústica y digital), guitarra, bajo y saxofón ocasional. Con la adecuación del técnico de sonido tras el primer tema, y una vez asimilado que esa sería la mejor versión que la sala podía ofrecer, el juego de los Horse Lords comenzaba. Un juego de teoría musical aplicada, con instrumentación de banda de rock, pero con otros referentes: los de Baltimore se declaran experimentales, minimalistas. Y que estos dos términos no se confundan con lo que parecen, porque experimentar va más allá de la mezcla de estilos y el minimalismo traspasa la simpleza. En esto, Horse Lords se tomaron muy a pecho piezas de los ’60 que invocaban al trance, aquellas que sufrían mínimos cambios en su estructura y que hacían del bucle su razón de ser, muy parecido a la forma de funcionar del house o el techno de años después. El minimalismo se entiende como reducir la música a una esencia, a un pulso, que bombea constante y sin prisa, a veces puerilmente sencillo y otras armónicamente desesperante.

Una vez situados los precedentes, la joven banda aplicó estos principios fundamentales de la música a los sonidos del krautrock o de pasajes del progresivo más denso. El truco consiste en desaprender las notas, las escalas y los ritmos y componer directamente con las frecuencias del sonido y las matemáticas; esos son los fundamentos físicos. La percusión, dividida en dos baterías frecuentemente simultáneas, llevaba ya un compás heterogéneo y polirrítmico, tanto en cada instrumento como en la sección percutiva en sí. En la batería convencional, se encontraba Sam Haberman, concentrado, serio. En la otra, orientada hacia la pequeña percusión y la percusión melódica, estaba Andrew Bernstein, quien también cumplía con las funciones de saxofonista. Sobre esa base enfocada al extrañamiento y casi unido a ella, como entonando los golpes de la batería, se situaba el bajo de Max Eilbacher, duro, distorsionado y repetitivo; un bajo que perfectamente podría encajar, por textura, en los cánones de una banda de rock estándar, y en un combo de jazz quebrado por su opulencia rítmica.

Owen Gardner y su guitarra de trastes asimétricos.

Justo en el extremo opuesto del escenario, impávido, se alzaba Owen Gardner y su guitarra de asimétricos trastes, modificados para cubrir una serie de notas microtonales que no se corresponden ni con las de sobra conocidas ni con sus bemoles o sostenidos. Owen usa unas escalas y acordes intermedios y disonantes, experimentales –bastante bien empleado el término aquí- que chirrían en ocasiones, campanean en otras y que funcionan como una constante sumada a los demás instrumentos, que carecen de un protagonismo explícito durante la hora de actuación, amalgamados. Sin embargo, sí dejaron tres espacios dedicados a tres solos, sin acompañamiento alguno: saxofón, guitarra y percusión, de varios minutos y con una potente filosofía jazzera detrás.

Los Horse Lords suelen danzar en estos terrenos: el rock distópico, el jazz desafinado y el minimalismo roto. Distópìco, porque así sería el rock & roll actual si en los ’50 y ’60 se hubieran impuesto los principios de la Segunda Escuela de Viena o la Kosmische por encima del blues; desafinado, porque una guitarra microtonal como la de Gardner es un desasosiego para una audiencia convencional, pero un brillo en los ojos para cualquier seguidor de Schönberg; y roto, porque el combo perfectamente podría tocar versiones de Dire Straits o Genesis, vista su composición y sonido, alejada de la electrónica que impera en géneros minimal, pero decidieron componer hacia una dirección propia: música docta cocinada al gusto de un gourmet del rock.


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